Cuatro formas de quererte, sin que te des cuenta.






                                                                                                            Para Miguel Ortíz, porque le dimos la vuelta al mundo sin siquiera... 
                                                                                                            despegar los pies del firmamento.

I

La niña se quedó mirando a la ventana. No al horizonte, sino a la ventana;  donde la brisa, tras de él, dejó una estela de escarcha barata, serpentinas de papel.

Ésta mañana, solo la ventana es compañía; para esperarle cuatro horas, hasta que llegue su próxima carta. 

II

Me hiciste extrañarte,

Desde ayer a las nuevecerocuatro,

Cuando manejaste hasta mi casa

Y tus ojos, en la pista,

Te alejaban más de mi.


Así,

Egoísta,

Malcriada,

Indiferente

 –a mi, no a tu presencia-.

Amante del tiempo,

-A medio tiempo-

Cuando tú estás,

No cuando te marchas

Y me dejas,

Cuando sonríes y mis

Besos,

Pintando tu boca,

Me llenan de ti.

III

     Ya no eres ese incógnito que respiraba su nombre cada dos comas, haciéndose vida cada vez que me daba la gana de pensarte y no dejarte desvanecer como el humo en nebulosas de papel, dibujables en el cielo de celofán que te inventaba para que pudieras flotar cuando quisieras, sin importarte el mal tiempo o la lluvia ácida.

Todo posible mal, sería un simple mito. Nada podría dañarte.

¿Tengo que ocultar tu identidad? Como un súper héroe con su antifaz que nada esconde. Un disfraz barato como la escarcha del primer escrito, para que no te sientas apenado de mí, de seguir narrando los pormenores de una intuición absurda, un cariño absoluto y un no sé qué,  pero creo que te quiero.

Si, te quiero.

No importa, yo corro el riesgo.

A veces EmeE, otros veces “mío”, pero siempre ajeno, hasta que no te avergüences y esta norecriminación, sea solo otro boceto. 

IV

Ignórame.

No tengo un número cuatro, porque me gusta el tres.

Solo siéntate a esperar,

Quizás,

Sin tan siquiera quererlo,

Varíe el título. 



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