miércoles, 25 de noviembre de 2015

Cedeño

Papá no es un apellido.
Papá fue un poemario de recetas ancestrales.
Maíz pilado. Pescado frito.

Papá fue una clase de historia,
alquimista de abrazos invisibles,
tetero hasta los ocho años.

Papá fue un hombre de números,
también de letras,
de todas
                                                                 -toditas-
no solo de seis absurdos grafemas,
firma definitiva,
apelativo,
título sin realeza.

Papá fue mío,
porque quiso serlo.
No creí en lazos de sangre,
coagulada,
ficticia.
Creí en el amor a primera enseñanza
                                                              -aunque lugar común-
paseos de la mano,
brazadas infinitas en un mar de enciclopedia.




Nunca fue mi padre por decreto.
Se ganó cada una de mis lágrimas.
Él,
cada uno de mis besos.

Así supe apreciarlo;
él,
a su vez,
al verme desgarrando el papel de regalo,
comprendía que el esfuerzo de un año de trabajo,
se veía recompensando en los brazos que se adherían,
cual garzas -prisioneras-
a su cuello.

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