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Dreaminess

Llega la mañana y me despido. Mientras duermes, beso tu frente y recuerdo todas las veces en que lo hice en un pasado. Recojo mi ropa y la amontono en un rincón de la cama, dando tiempo a que despiertes, aplazando lo inminente de vestirme y volver a la realidad que me espera al borde de la puerta. …Pero me rindo y vuelvo a abrazarte. Me adhiero a tus costillas, entrelazo mis piernas en las tuyas y escondo mi cara en el pequeño rincón entre tu cuello y tus hombros. Podría morir en ese instante y no me arrepentiría de entregar a ese momento mi último respiro. Borro ese beso con el que sellaba mi adiós y te robo uno en los labios. Quiero quedarme, aunque no deba. Veo la ropa reposando, esperando que la tome y salga por una puerta que ya está abierta y no lo logro. Me quedo. Me quedo allí, en ese cuarto que recorro una y otra vez, reconociendo cada objeto, la mancha chiquita en la pared cerca del closet, el olor de las sábanas que compartimos, el sonido de la cama que va al compás ...

Reflexiones

He comprendido que la felicidad no puedo guardarla pa’ más tarde, solo vivirla. Intento escribirla, describirla, poner en grafemas lo que me cala hasta los huesos pero no funciona: cuando lo intento, ya se hizo recuerdo; en su mejor momento, nostalgia. Lo estoy viviendo todo y lo agradezco: las prisas por crecer que ahora se convierten en pausas necesarias, las ganas de mantenerme despierta para no dejar de percibir mi entorno ni un segundo, segundas oportunidades a la orden del día, la adrenalina de saber que este mes es definitivo y lo que queda será parte de mis memorias. Lo vivo y me lo como a cucharadas grandes sin temor a que se acabe el plato, con la plena conciencia de que vendrán más (no necesariamente mejores). Ha dolido, pero ha sido mi año. La Betania de 15 años estaría orgullosa de la Betania de 22, o al menos eso quiero creer. Terminé la carrera que tanto quería terminar (incluso di el discurso de graduación), aún y cuando no tenía la certeza de poder hacerlo. Par...

Sobremesa

La sobremesa se alarga y la conversación que llenaba el espacio se queda como un eco de fondo, detrás de mis pensamientos. Algunos se van, otros se quedan. Al final nos iremos todos, aunque hoy no sepamos a quien le toca apagar las luces. Los miro mientras hablan, repaso sus gestos una y otra vez para no olvidarlos. Ella se ríe mientras sostiene su mirada sobre las fotos de su última acampada y yo la miro como quien quiere conservar hasta el olor que impregna el aire. Ellos ríen, recordando los parciales que pasaron, las clases que recorrieron con gusto y con desidia, añorando un pasado cercano que ya pasó, porque así es la vida, un ir y venir sin saber a donde, sin tener un cuándo. Yo los miro. Si hablo, mi voz se quiebra, así que evado la realidad con un nuevo chiste malo, otra anécdota en conjunto, otro viaje en el tiempo hacia un momento donde la felicidad no era más que sabernos juntos, como ahora, aunque nos vayamos. Recuerdo y sonrío. Puedo llorar más tarde, cuando esté ...

Carrusel

Me dreno hasta el cansancio y amanezco sobre retazos de la noche previa. Reúno los pedacitos y me voy construyendo como si pudiese ser posible pegarse con anécdotas y sonrisas ajenas; como si el acto de romperse no fuese, en sí mismo, un carrusel –a medio andar- personalizado. Cada caballito un mundo, y cuidado si no un universo. Pero nunca me gustaron los carruseles. Me asustaba ir girando y girando, sobre el pony de turno, casi estática. Yo no me movía, pero el mundo si ¿Por qué todo debía continuar girando? ¿Era, acaso, una premonición? Epifanía cualquiera en la mente de una niña de cuatro años. No. Definitivamente no me gustaban los carruseles. Prefería las montañas rusas, aunque paralizaran mi sien y solo me permitiese gritar sin control, fuera de mis cabales. Al menos no era una fantasía de movimiento, un circuito sin sentido de caballitos que no van a ninguna parte, de mundos estáticos, con un montón de niños fingiendo ser satélites. No sé qué hago aquí. Hace meses q...
Han pasado 11 semanas desde que la realidad se convirtió nuevamente en mi sistema, el que respiro a diario cada vez que amanece y me veo obligada a abrir los ojos. Todo es rutina, hasta los "pequeños escapes". Un ciclo de saludos y despedidas, de besos robados entre pisos, vidas alimentadas por nostalgias y la eterna sensación de haber querido todo sobre unas manos que no tenían nada. Mis manos, claro. Me siento el Quentin de Faulkner, sin la prosa exquisita que narraba sus tormentos, con el peso de unos sueños que no eran los suyos, persiguiendo realidades que no eran su alimento. El sin sentido de la vida misma y sus tretas para ganarse tu confianza y mantenerte entre sus brazos, cuando ella es Saturno y tú no eres más que uno de sus hijos.
Me cuesta tanto acoplarme a la cama, a sus matices de almohada caliente y sábanas frías. Siempre doy vueltas a un compás que ya me aburre y termina por cansarme hasta el punto en que la cama es horizonte y yo no soy más que otro atardecer; hasta que conocí lo que era dormir en tus brazos, con el calor de tu cuerpo sobre mi, sin almohadas que voltear hasta conseguir la temperatura correcta. Un cielo sobre el cual posarse, acariciando tu cabello que reposa sobre mi pecho mientras espero el momento indicado para poder besarte sin perturbar tu sueño.

Día 3

Sigo aferrada a la idea de perderme, de alejarme de toda sensación. No me importa conservar las positivas, de igual manera queman. Me vuelvo coraza y me aislo del mundo. Rompo los recuerdos tangibles y se graban en mi aquellos que no lo fueron, como tantas caminatas frente a un mar que ya no logro reconocer, uno que no quisiera visitar de nuevo, porque tantos miedos se materializarían. Me despido de mi, al menos de lo que era, cuando sonreía con el viento de frente a mi cara y me preocupaba que irritara mis ojos. Hoy se encuentran secos, la brisa los ha apagado.