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 La teoría dice que debo permitirme sentir mis emociones. Dejarlas transitar, que me desordenen la vida que tanto me ha costado poner en orden y esperar hasta que la siguiente ola rompa en la orilla. Y siento miedo, pero ¿Cómo no sentirlo? si cada día se siente como nacer y morir de nuevo, al mismo tiempo, en un único y mísero instante.  Así que hay días en que siento y siento mucho. Se me agolpan los sentimientos en la esquina de los ojos y como quien se los estruja buscando una pestaña, me sacudo las lágrimas que quieren ser torrente pero terminan siendo nada. No siento. Simple. Problema resuelto. Limpiaré la cocina las veces que sean necesarias, repetiré en mi noruego rudimentario   Også dette går over , como si aprender otro idioma fuese solo una excusa para repetirme el  todo pasa. Pretenderé que el tiempo es corto y los quehaceres demasiado largos, como una excusa para no pensar. Otros días, sin embargo, soy solo una nube que llora y se deshace en un ciclo que ...
Me deshice tantas veces para encajar en una maceta cuadrada, como un bonsai. Yo, la persona que nunca quiso ser árbol, se convirtió no solo en árbol sino también en el más pequeño del mundo. Y es que hasta mi forma de sentir, tuve que monitorearla. Quizas porque las lágrimas que un día te hicieron sentir parte de mi mundo, hoy te agobiaban. Así que me callé y seguí. Me deshice otra vez antes de dormir, con la esperanza de amanecer más tuya, cuando en realidad simplemente me perdía a mi. Quise retenerte como una niña que atrapa una luciernaga y quiere conservar su luz en un frasquito de compota, como si el abrazarte más fuerte podía compensar lo que tú ya estabas dejando partir. Entonces llega la tormenta, porque no puedo ser solo silencio y la Betania que se escondía para no incomodar entra de un portazo y habla. Dice que no puede continuar de esta manera. Quiere sentirse escuchada, quiere que quieras estar con ella, sostenerla en tus brazos, decirle que la amas como tantas otras veces...
No importa cuantas veces me diga a mi misma que no quiero volver a escribir tonterias, siempre termino volviendo al papel y a este blog que ha servido de catarsis para las multiples Betanias que han llenado estas letras desde hace casi trece años. Y es que siempre tuve la idea de escribirme, contarme a mi misma lo que sea que pasara por mi cabeza, como una especie de recordatorio para cualquiera fuese la versión de mi que lo leyese en el futuro y necesitara entender que ese tampoco fue el final; y tengo que admitir que lo agradezco.  ... Hoy pasé el día hurgando entre entradas, leyendo sobre carruseles (que siguen sin gustarme) y el miedo que me daba convertirme en un árbol, recordando que todas esas veces en que respirar se hacía pesado, fueron solo brechas y nada más. Brechas que tapé como pude y con lo que pude, antes de entender que la responsabilidad afectiva es primero conmigo misma y luego con los demás. Siempre ha habido un lugar en mi cabeza al que voy cuando siento que la...
 Yo pensaba que la nostalgia era un artificio terrible de la memoria, hasta que conocí un nivel más complicado de la misma y extraño a la primera. ¿Extrañar a la nostalgia? Así mismo. Un absurdo.  Ahora me encuentro con fotos y revivo el momento. Escucho las voces. Miro las sonrisas y recuerdo las palabras. La cerveza fría sin alcohol, el pantalón de pana morada, los zarcillos de mamá que rozaban mi cabello en cada abrazo. Respiro . Miro la ventana. Mamá cosió esas cortinas y juntas pintamos la pared de rayas. Cuando me fui de casa, 10 años después, las mismas rayas blancas y beiges seguian adornando, envejecidas, aquella pared. Dejé todo igual. Todo ha cambiado y al mismo tiempo, el fondo de la foto sigue igual.  Papá se fue y jamás dejó su hogar. A veces, mientras duermo, lo veo rondando los rincones de mi memoria, tratando de reparar recuerdos, como queriendo hacerlos más felices. Ni descansando ha dejado de trabajar. Puedo sentirlo. Mi hermana ya no es la niña de los...
 Yo quiero creer que uno pasa, por la vida de la gente, recogiendo y dejando miguitas de buena fortuna. Por supuesto que, a veces, esas migas de buena fortuna no tienen nada, y se van acumulando como polvo en rincones que ni siquiera se como limpiar. Pero toca aprender, porque sucio no puedo dejarlos.  A veces, como hoy, cuando me siento sucia, me da vergüenza pensar en las veces en que habré sido yo la que llenó de polvo la vida de alguien más, por más que haya intentado lo contrario. Porque así es la vida: un día limpiamos y al otro contribuímos con la basura. Desde que tomé conciencia, no me atrevo a desordenarle la vida a alguien. Si alguien me abre una puerta y no tengo nada positivo que entregar, yo misma me encargo de cerrarla. No puedo parar de preguntarme ¿Qué tengo que hacer para que no entren a desordenarme una confianza que me ha costado tanto recuperar? ¿...Para no dejarme consumir como plato principal por una ansiedad que no descansa? y me doy cuenta que no puedo...
Ya ni sé expresarme. Quiero gritar que me abracen, que me ayuden a sostener cinco minutos el peso que llevo años arrastrando, que me dejen llorar y drenarme, apagarme en sollozos. Necesito ese abrazo, pero me asusta pedirlo, porque de alguna forma u otra siempre está mal sentir, necesitar, querer. Y a mi esas energías se me agotaron hace mucho; cuando tenía 8 años y aún creía que el mundo cabía en una botella. Así que aprendí a dar, porque me gustaba ver ese destello de calma en rostros ajenos, como si pudiese ser un espejo que me permitiese verla en mi, pero así no funciona. Crecí y entendí que el mundo era basto, gigante, lejos de ser una botella; y que el reflejo de la luz en los espejos, no podía emular la calma. 
No sé exactamente cuantos días han pasado, pero creo que setenta y siete. Y hoy, cuando empecé a contar, me arrolló una tristeza sin nombre. Suelo pensar que se debe al trabajo sin descanso, a la separación migratoria, a la pandemia, a ese nudo en el pecho que tiene tantas explicaciones que a veces simplemente se resbalan y me caen en las manos como lágrimas. Y me siento triste, porque las cosas están yendo bien y yo a veces solo quiero acurrucarme, dejar que el tiempo pase, abrazarme a la calma que ofrece el no pensar en nada, como si en realidad se pudiera.  Hoy me permití llorar un rato, drenar en pausas, pero solo eso: cinco minutos. Luego decidí que si iba a dejarme ganar por la ansiedad, al menos me comería un helado.