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Me estoy lanzando en la nueva aventura de decir lo que siento, directamente, a otras personas. En el pasado, decidía suprimirlo o dejarlo fluir de cualquier otra forma que no implicara una interacción directa, porque siempre le temí a lo que sucedía después. Nadie es capaz de comprender perfectamente lo que puede pensar o sentir otra persona, pero la empatía debería ser una herramienta para no juzgar, incluso cuando no se sea capaz de entender. Justifiqué muchísimas malas actitudes de otras personas hacia mi, pero lo más dañino fue justificar mis malas actitudes hacia mi misma. Me convertí en mi peor enemigo. Me culpaba de todo cuanto salía mal y sentía que simplemente todo se debía a mi forma de ser y actuar frente a la vida, sensible, emocional . Todavía me cuesta, pero ahora lo veo claro. He vivido momentos maravillosos con personas maravillosas, no me mal interpreten. Ha sido un viaje increíble, a pesar de tanto; pero debí haber fijado límites. Debí haber dicho "hasta...
Han pasado seis meses desde que tomé un avión y dos maletas, para empezar otra aventura; un nuevo desastre, otra historia más para la cuenta, un algo que valiera la pena recordar. Y en esos seis meses, ha pasado de todo: terminé en un retiro espiritual  en una campiña francesa, bailando en una placita de Bélgica, con un balde de pollo frito en el metro de Madrid a media noche, equivocándome en todos los trenes de Frankfurt, aprendiendo alemán en el proceso de hablarlo  y enamorada de los cientos de errores que he cometido en este lapso de tiempo. No sé donde estaré mañana, pero me duermo tranquila porque sigo soñando. Me muero de miedo, si. Todos los días. Pero sigo soñando y eso me mueve el piso, me hace sentir viva, me llena de una adrenalina que, de forma contradictoria, solo deriva en paz. Una paz extraña que jamás puedo tomar como una pausa. Se asemeja más a un escalofrío. Uno que me encanta. Y si no estaré mañana, me voy agradecida. He llorado mares que siempre ...
Que sencillo era tener tres años, mirar al cielo al amanecer y encontrarse con la luna aún despierta y tener una única certeza: la luna era mía. Así lo creía entonces, cuando no comprendía lo que implicaba poseer algo. Con el tiempo, intenté atraparla para mi, cada vez que empezaba a anochecer. Me quedaba fija, en la ventana, esperando capturar el momento exacto en que la noche se abría paso tras el atardecer. Por supuesto, nunca lo logré. Un par de pestañeos más tarde, la noche llegaba y con ella, mi frustración (que en aquél momento no sabía como definir).  Si la luna era mía, ¿Por qué no me dejaba verla llegar? Que quisiera algo, no implicaba que lo tendría. A los coñazos, de a poquito, fui aprendiendo. Han pasado los años y a veces me encuentro a mi misma, intentando encontrar el momento exacto en que oscurece. Sonrió y continúo con lo que sea que esté haciendo: hay momentos tan arraigados en nosotros, que a veces reaparecen y no queda más que recordar. Ya no piens...
Disculpar, para mi, nunca fue un problema. Véase como virtud o como defecto, pero así funcionaba siempre conmigo: el tiempo -corto, cortísimo- barría todo recuerdo de cualquier posible ofensa y quedaba yo, transparente, con la única certeza de haber olvidado. Pero jamás he aprendido a disculparme a mi misma.  Al menos hoy soy capaz de identificarlo, enunciarlo y buscar en mi memoria algún indicio de excepción, pero no lo he encontrado. Incluso en mis recuerdos más antiguos, me encuentro culpándome a mi misma por haber golpeado una piñata que no quería romper, por haber perdido un color que presté a alguna mano distraída. Por sentir.  Me he disculpado por todo, tanto que a veces no lograba reconocerme fuera de esta sensación. Terminé pidiendo disculpas por ser yo, Betania, la que sentía demasiado , la que moría de miedo pero se negaba a admitirlo y ocultaba cualquier posible matiz de inseguridad detrás de una risa nerviosa.  Me sigue pasando, claro. No crea...
Me senté frente a una puerta que hace tres meses no conocía y lloré lo que me faltaba llorar en muchísimos años. Lloré a la niña que fui, a la que pasaba noches sin dormir preguntándose el por qué de tantas cosas. Lloré a esa parte de mi que se preguntaba por qué no era suficiente. Lloré a esa parte de mi que amaba incondicionalmente, que se despojaba de todo con tal y sentir. Sentirlo todo, como una puñalada de realidad. Me ahogué en todas las conversaciones justo antes de dormir y te juro que se me quebró la voz hasta en los recuerdos, como si fuese incapaz de hablar de ellos hasta en mis propias memorias. Me hice río y me ahogué en mi propio caudal, frente a una puerta que ya no es puerta y una Betania que no soy yo, pero que era. Lo era todo y lo di todo, hasta quedarme con las manos vacías de posibilidades y llenas de miedo. Un miedo sordo que se abrazaba a mi cintura mientras intentaba caminar, que me inmovilizaba las piernas en un intento por detenerme, pero no importó: caminé c...

- 17/07/2019 -

Todos empezamos con miedo: miedo a tomar decisiones, miedo a escoger un camino, miedo a equivocarse, miedo a la rutina; muchos ni siquiera sabíamos cómo empezar, pero decidimos aceptar la vida como un carrusel y nos subimos. Nos subimos en una especie de carrusel donde no solo se movían los caballitos bajo nosotros, si no todo el escenario. Todo lo que conocíamos. Pero eso no nos detuvo. Lo que comenzó como un sueño, hoy nos sonríe de frente.    Es fácil escribir “lo logramos”, hilar un par de oraciones de agradecimiento y recordar de forma muy superficial lo que fue la etapa completa de una vida. Siento que podría escribirlo, resumirlo a cinco minutos, sintetizarlo como si de una historia corta se tratara, pero en realidad no es tan sencillo. Este título nos costó muchísimo más que la mezcla entre miedo y emoción que nos embargó el primer día que vimos una clase, muchísimo más que trasnochos sobre trasnochos.    El camino hacia él nos llevó a explorar y ex...

Turn your lights down low

"But it seems I was never on time still I wanna get through to you" -Bob Marley Jamás he convivido bien con el término de “mentiras piadosas”, que de piadosas no tienen nada. Me parece una excusa para decirlas, para sentirnos bien en una realidad que es cualquier cosa menos verdadera. Termina doliendo más, no hay dudas. A ti te agradezco las verdades. No es fácil saber que se quiere la verdad, aunque todos la pidamos. Asusta. Quema. Incluso muerde. Las verdades muerden. Se adhieren a tu piel y clavan sus dientes sobre tu carne. Se alimentan de ti y se quedan silentes, rondándote hasta que no puedan doler, hasta que sean cachorros de pecho que puedas acunar hasta comenzar de nuevo este caótico ciclo. Yo no las quería, pero las necesitaba. Quise serlo todo, menos una carga. Aun conociendo tus verdades, quise quedarme y compartir contigo mis matices, los sonidos extraños de mi respiración mientras duermo y la extraña pequeñez de mis manos. Te entregué lo n...