¿Qué pasa con todas esas emociones que no alcanzamos a nombrar en un idioma que no es el nuestro? Esas que aparecen de improvisto, nos revuelven la cabeza y no logramos identificar de inmediato. Al menos para mí, esta es una de las tareas más complicadas: tomarme par de minutos para perseguirlas e intentar atraparlas, procesarlas, entenderlas. Darles un nombre. Por eso no me gusta precipitarme para hablar. Necesito tomarme mi tiempo, masticar mis ideas despacito, buscar las palabras que me sobran en español y escasean en inglés, procesando la pena de traducir sentimientos, sabiendo que en esta área la precisión es vital y eso es precisamente lo que me falta. ... El español es sencillo, porque si bien abre el camino para ambigüedades, también cierra muchas dudas en materia de sentimientos: me gustas. Me encantas. Te quiero. Te amo. Te adoro. Tan amplio y tan preciso, descriptivo, algunas veces fugaz y otras tantas eterno. Cuando creces hablándolo, nombrar esas emociones...
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Cuando era chiquita, solíamos pasar cada semana santa en el oriente del país: tres días en Rio Caribe, siempre de cara al mar, y tres días en Caripe, pegaditos a la montaña. Recuerdo haberme enamorado del mar desde pequeña y la memoria de esas semanas se mantienen en el podio de los recuerdos más felices de mi niñez. No solo me gustaba pasar tiempo en los destinos, también me encantaba el viaje en carretera. A veces me desesperaba, si; pero una vez veía el mar en Paria, solo sentía calma y un deseo absurdo de poner mis pies en la arena tan pronto como fuese posible. En esos viajes de carretera, ya habían ciertos rituales establecidos: a papá le gustaba empezar a manejar antes de las 5 de la mañana, con una coca-cola como acompañante. Yo solía dormirme hasta que el sol empezaba a colarse por las ventanas y esperaba paciente el momento en el que veía el criogénico de Jose. Aún recuerdo la primera vez que vi esas enormes montañas de coque y lo increíble -y gigante- que me parec...
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Mi vida ha estado llena de quizás. Una incertidumbre constante que me ha llevado a querer entender todo desde la perspectiva de un "si" o un "no", porque los "tal vez" incrementaban mi ansiedad. Me ha costado entender que todo está lleno de matices y que esperar percibir la realidad solo desde los extremos, era aún más doloroso. Y hoy, aunque finalmente lo entendí, me cuesta muchísimo aplicarlo. ... La ansiedad ha sido siempre mi fiel compañera. No recuerdo un solo momento de mi vida en que ella no estuviese allí, tomando mi mano. Fui esa niña, incluso en el colegio, que jamás olvidó que debía llevar una cartulina al día siguiente. Tenía tanto miedo de olvidarlo, que básicamente se convertía en el único pensamiento que llenaba mi cabeza. Suena tonto, lo sé. Ojalá hubiese sido solo la cartulina, pero no. Papá me repetía constantemente que yo era la mayor y por tanto tenía que ser responsable. Ser responsable . Ser responsable . Ser responsable . Y lo f...
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Los domingos siempre me han parecido un dia especial para la nostalgia. Y por supuesto que sé que esta afirmación es de conocimiento general y que no descubrí el agua tibia, pero nunca está de más repetirlo en voz alta: los domingos son, definitivamente, un día especial para la nostalgia. ... Hace par de meses volví a vivir sola. Fue como empezar, otra vez, a reconocerme en el silencio de mi hogar. Empecé por lo básico y lo banal, lo mecánico de la adultez. Entender que la nevera esté en la temperatura correcta, armar el escritorio más barato de Ikea, conseguir unas sábanas que cumplan su función hasta que pueda realmente comprar unas que me gusten, ubicar el supermercado más cercano y aprender a encontrar la mantequilla con sal en el mismo. Sencillo. Lista cubierta. Pero luego me tocó entrar de lleno en el único rincón de la casa que no quería visitar: yo. Me tocó aceptar que el insomnio no lo ocasionaba el colchón nuevo, pero si las memorias que se acumulaban en la espalda...
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La teoría dice que debo permitirme sentir mis emociones. Dejarlas transitar, que me desordenen la vida que tanto me ha costado poner en orden y esperar hasta que la siguiente ola rompa en la orilla. Y siento miedo, pero ¿Cómo no sentirlo? si cada día se siente como nacer y morir de nuevo, al mismo tiempo, en un único y mísero instante. Así que hay días en que siento y siento mucho. Se me agolpan los sentimientos en la esquina de los ojos y como quien se los estruja buscando una pestaña, me sacudo las lágrimas que quieren ser torrente pero terminan siendo nada. No siento. Simple. Problema resuelto. Limpiaré la cocina las veces que sean necesarias, repetiré en mi noruego rudimentario Også dette går over , como si aprender otro idioma fuese solo una excusa para repetirme el todo pasa. Pretenderé que el tiempo es corto y los quehaceres demasiado largos, como una excusa para no pensar. Otros días, sin embargo, soy solo una nube que llora y se deshace en un ciclo que ...
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Me deshice tantas veces para encajar en una maceta cuadrada, como un bonsai. Yo, la persona que nunca quiso ser árbol, se convirtió no solo en árbol sino también en el más pequeño del mundo. Y es que hasta mi forma de sentir, tuve que monitorearla. Quizas porque las lágrimas que un día te hicieron sentir parte de mi mundo, hoy te agobiaban. Así que me callé y seguí. Me deshice otra vez antes de dormir, con la esperanza de amanecer más tuya, cuando en realidad simplemente me perdía a mi. Quise retenerte como una niña que atrapa una luciernaga y quiere conservar su luz en un frasquito de compota, como si el abrazarte más fuerte podía compensar lo que tú ya estabas dejando partir. Entonces llega la tormenta, porque no puedo ser solo silencio y la Betania que se escondía para no incomodar entra de un portazo y habla. Dice que no puede continuar de esta manera. Quiere sentirse escuchada, quiere que quieras estar con ella, sostenerla en tus brazos, decirle que la amas como tantas otras veces...
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No importa cuantas veces me diga a mi misma que no quiero volver a escribir tonterias, siempre termino volviendo al papel y a este blog que ha servido de catarsis para las multiples Betanias que han llenado estas letras desde hace casi trece años. Y es que siempre tuve la idea de escribirme, contarme a mi misma lo que sea que pasara por mi cabeza, como una especie de recordatorio para cualquiera fuese la versión de mi que lo leyese en el futuro y necesitara entender que ese tampoco fue el final; y tengo que admitir que lo agradezco. ... Hoy pasé el día hurgando entre entradas, leyendo sobre carruseles (que siguen sin gustarme) y el miedo que me daba convertirme en un árbol, recordando que todas esas veces en que respirar se hacía pesado, fueron solo brechas y nada más. Brechas que tapé como pude y con lo que pude, antes de entender que la responsabilidad afectiva es primero conmigo misma y luego con los demás. Siempre ha habido un lugar en mi cabeza al que voy cuando siento que la...
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Yo pensaba que la nostalgia era un artificio terrible de la memoria, hasta que conocí un nivel más complicado de la misma y extraño a la primera. ¿Extrañar a la nostalgia? Así mismo. Un absurdo. Ahora me encuentro con fotos y revivo el momento. Escucho las voces. Miro las sonrisas y recuerdo las palabras. La cerveza fría sin alcohol, el pantalón de pana morada, los zarcillos de mamá que rozaban mi cabello en cada abrazo. Respiro . Miro la ventana. Mamá cosió esas cortinas y juntas pintamos la pared de rayas. Cuando me fui de casa, 10 años después, las mismas rayas blancas y beiges seguian adornando, envejecidas, aquella pared. Dejé todo igual. Todo ha cambiado y al mismo tiempo, el fondo de la foto sigue igual. Papá se fue y jamás dejó su hogar. A veces, mientras duermo, lo veo rondando los rincones de mi memoria, tratando de reparar recuerdos, como queriendo hacerlos más felices. Ni descansando ha dejado de trabajar. Puedo sentirlo. Mi hermana ya no es la niña de los...
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Yo quiero creer que uno pasa, por la vida de la gente, recogiendo y dejando miguitas de buena fortuna. Por supuesto que, a veces, esas migas de buena fortuna no tienen nada, y se van acumulando como polvo en rincones que ni siquiera se como limpiar. Pero toca aprender, porque sucio no puedo dejarlos. A veces, como hoy, cuando me siento sucia, me da vergüenza pensar en las veces en que habré sido yo la que llenó de polvo la vida de alguien más, por más que haya intentado lo contrario. Porque así es la vida: un día limpiamos y al otro contribuímos con la basura. Desde que tomé conciencia, no me atrevo a desordenarle la vida a alguien. Si alguien me abre una puerta y no tengo nada positivo que entregar, yo misma me encargo de cerrarla. No puedo parar de preguntarme ¿Qué tengo que hacer para que no entren a desordenarme una confianza que me ha costado tanto recuperar? ¿...Para no dejarme consumir como plato principal por una ansiedad que no descansa? y me doy cuenta que no puedo...
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Ya ni sé expresarme. Quiero gritar que me abracen, que me ayuden a sostener cinco minutos el peso que llevo años arrastrando, que me dejen llorar y drenarme, apagarme en sollozos. Necesito ese abrazo, pero me asusta pedirlo, porque de alguna forma u otra siempre está mal sentir, necesitar, querer. Y a mi esas energías se me agotaron hace mucho; cuando tenía 8 años y aún creía que el mundo cabía en una botella. Así que aprendí a dar, porque me gustaba ver ese destello de calma en rostros ajenos, como si pudiese ser un espejo que me permitiese verla en mi, pero así no funciona. Crecí y entendí que el mundo era basto, gigante, lejos de ser una botella; y que el reflejo de la luz en los espejos, no podía emular la calma.
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No sé exactamente cuantos días han pasado, pero creo que setenta y siete. Y hoy, cuando empecé a contar, me arrolló una tristeza sin nombre. Suelo pensar que se debe al trabajo sin descanso, a la separación migratoria, a la pandemia, a ese nudo en el pecho que tiene tantas explicaciones que a veces simplemente se resbalan y me caen en las manos como lágrimas. Y me siento triste, porque las cosas están yendo bien y yo a veces solo quiero acurrucarme, dejar que el tiempo pase, abrazarme a la calma que ofrece el no pensar en nada, como si en realidad se pudiera. Hoy me permití llorar un rato, drenar en pausas, pero solo eso: cinco minutos. Luego decidí que si iba a dejarme ganar por la ansiedad, al menos me comería un helado.
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Hoy estás cansada y te das cuenta que no importa si recorres 25 kilómetros en bicicleta o descargas tu energía en el bosque: igual te despertarás en medio de la madrugada. El insomnio llega a ti, como llegan los recuerdos, las preocupaciones, el "¿y ahora qué?" que cambia a diario, que te lleva a mordisquear todos los ositos de gomita que deberían durarte más de una semana. Estás cansada, si; y tienes miedo, claro. Porque todo lo que viene asusta, y asusta mucho. Te balanceas entre el par de minutos en que te sientes chiquita, insuficiente ante las exigencias de un universo que lo quiere todo y lo quiere ahora; y el resto de las horas donde te sientes invencible, porque no tienes otra opción. Estoy orgullosa de ti, porque de alguna forma lo estás logrando y deberías bajar la vara. Cada segundo de ansiedad es un segundo sin calma y cuando se conoce el valor del tiempo, no puede desperdiciarse de esa forma.
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Ojalá apagar la mente fuese tan sencillo como chasquear los dedos o llorar cuando no se debe; pero no, a parte de complicado, pareciese ser imposible. Ni durmiendo, se calla. Al contrario: el ruido se hace más fuerte, pero canto bajito para contrarrestarlo. Canto bajito para que los otros no sean capaz de escucharlo y no se vayan corriendo, porque al final del día no importa cuanto intentes dar lo mejor de ti a otros. Todos se van. El ruido es muy fuerte ¿Quién querría quedarse?
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Me estoy lanzando en la nueva aventura de decir lo que siento, directamente, a otras personas. En el pasado, decidía suprimirlo o dejarlo fluir de cualquier otra forma que no implicara una interacción directa, porque siempre le temí a lo que sucedía después. Nadie es capaz de comprender perfectamente lo que puede pensar o sentir otra persona, pero la empatía debería ser una herramienta para no juzgar, incluso cuando no se sea capaz de entender. Justifiqué muchísimas malas actitudes de otras personas hacia mi, pero lo más dañino fue justificar mis malas actitudes hacia mi misma. Me convertí en mi peor enemigo. Me culpaba de todo cuanto salía mal y sentía que simplemente todo se debía a mi forma de ser y actuar frente a la vida, sensible, emocional . Todavía me cuesta, pero ahora lo veo claro. He vivido momentos maravillosos con personas maravillosas, no me mal interpreten. Ha sido un viaje increíble, a pesar de tanto; pero debí haber fijado límites. Debí haber dicho "hasta...
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Han pasado seis meses desde que tomé un avión y dos maletas, para empezar otra aventura; un nuevo desastre, otra historia más para la cuenta, un algo que valiera la pena recordar. Y en esos seis meses, ha pasado de todo: terminé en un retiro espiritual en una campiña francesa, bailando en una placita de Bélgica, con un balde de pollo frito en el metro de Madrid a media noche, equivocándome en todos los trenes de Frankfurt, aprendiendo alemán en el proceso de hablarlo y enamorada de los cientos de errores que he cometido en este lapso de tiempo. No sé donde estaré mañana, pero me duermo tranquila porque sigo soñando. Me muero de miedo, si. Todos los días. Pero sigo soñando y eso me mueve el piso, me hace sentir viva, me llena de una adrenalina que, de forma contradictoria, solo deriva en paz. Una paz extraña que jamás puedo tomar como una pausa. Se asemeja más a un escalofrío. Uno que me encanta. Y si no estaré mañana, me voy agradecida. He llorado mares que siempre ...
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Que sencillo era tener tres años, mirar al cielo al amanecer y encontrarse con la luna aún despierta y tener una única certeza: la luna era mía. Así lo creía entonces, cuando no comprendía lo que implicaba poseer algo. Con el tiempo, intenté atraparla para mi, cada vez que empezaba a anochecer. Me quedaba fija, en la ventana, esperando capturar el momento exacto en que la noche se abría paso tras el atardecer. Por supuesto, nunca lo logré. Un par de pestañeos más tarde, la noche llegaba y con ella, mi frustración (que en aquél momento no sabía como definir). Si la luna era mía, ¿Por qué no me dejaba verla llegar? Que quisiera algo, no implicaba que lo tendría. A los coñazos, de a poquito, fui aprendiendo. Han pasado los años y a veces me encuentro a mi misma, intentando encontrar el momento exacto en que oscurece. Sonrió y continúo con lo que sea que esté haciendo: hay momentos tan arraigados en nosotros, que a veces reaparecen y no queda más que recordar. Ya no piens...
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Disculpar, para mi, nunca fue un problema. Véase como virtud o como defecto, pero así funcionaba siempre conmigo: el tiempo -corto, cortísimo- barría todo recuerdo de cualquier posible ofensa y quedaba yo, transparente, con la única certeza de haber olvidado. Pero jamás he aprendido a disculparme a mi misma. Al menos hoy soy capaz de identificarlo, enunciarlo y buscar en mi memoria algún indicio de excepción, pero no lo he encontrado. Incluso en mis recuerdos más antiguos, me encuentro culpándome a mi misma por haber golpeado una piñata que no quería romper, por haber perdido un color que presté a alguna mano distraída. Por sentir. Me he disculpado por todo, tanto que a veces no lograba reconocerme fuera de esta sensación. Terminé pidiendo disculpas por ser yo, Betania, la que sentía demasiado , la que moría de miedo pero se negaba a admitirlo y ocultaba cualquier posible matiz de inseguridad detrás de una risa nerviosa. Me sigue pasando, claro. No crea...
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Me senté frente a una puerta que hace tres meses no conocía y lloré lo que me faltaba llorar en muchísimos años. Lloré a la niña que fui, a la que pasaba noches sin dormir preguntándose el por qué de tantas cosas. Lloré a esa parte de mi que se preguntaba por qué no era suficiente. Lloré a esa parte de mi que amaba incondicionalmente, que se despojaba de todo con tal y sentir. Sentirlo todo, como una puñalada de realidad. Me ahogué en todas las conversaciones justo antes de dormir y te juro que se me quebró la voz hasta en los recuerdos, como si fuese incapaz de hablar de ellos hasta en mis propias memorias. Me hice río y me ahogué en mi propio caudal, frente a una puerta que ya no es puerta y una Betania que no soy yo, pero que era. Lo era todo y lo di todo, hasta quedarme con las manos vacías de posibilidades y llenas de miedo. Un miedo sordo que se abrazaba a mi cintura mientras intentaba caminar, que me inmovilizaba las piernas en un intento por detenerme, pero no importó: caminé c...
- 17/07/2019 -
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Todos empezamos con miedo: miedo a tomar decisiones, miedo a escoger un camino, miedo a equivocarse, miedo a la rutina; muchos ni siquiera sabíamos cómo empezar, pero decidimos aceptar la vida como un carrusel y nos subimos. Nos subimos en una especie de carrusel donde no solo se movían los caballitos bajo nosotros, si no todo el escenario. Todo lo que conocíamos. Pero eso no nos detuvo. Lo que comenzó como un sueño, hoy nos sonríe de frente. Es fácil escribir “lo logramos”, hilar un par de oraciones de agradecimiento y recordar de forma muy superficial lo que fue la etapa completa de una vida. Siento que podría escribirlo, resumirlo a cinco minutos, sintetizarlo como si de una historia corta se tratara, pero en realidad no es tan sencillo. Este título nos costó muchísimo más que la mezcla entre miedo y emoción que nos embargó el primer día que vimos una clase, muchísimo más que trasnochos sobre trasnochos. El camino hacia él nos llevó a explorar y ex...
Turn your lights down low
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"But it seems I was never on time still I wanna get through to you" -Bob Marley Jamás he convivido bien con el término de “mentiras piadosas”, que de piadosas no tienen nada. Me parece una excusa para decirlas, para sentirnos bien en una realidad que es cualquier cosa menos verdadera. Termina doliendo más, no hay dudas. A ti te agradezco las verdades. No es fácil saber que se quiere la verdad, aunque todos la pidamos. Asusta. Quema. Incluso muerde. Las verdades muerden. Se adhieren a tu piel y clavan sus dientes sobre tu carne. Se alimentan de ti y se quedan silentes, rondándote hasta que no puedan doler, hasta que sean cachorros de pecho que puedas acunar hasta comenzar de nuevo este caótico ciclo. Yo no las quería, pero las necesitaba. Quise serlo todo, menos una carga. Aun conociendo tus verdades, quise quedarme y compartir contigo mis matices, los sonidos extraños de mi respiración mientras duermo y la extraña pequeñez de mis manos. Te entregué lo n...