martes, 31 de diciembre de 2013

No sólo un feliz año.

Me encontré con el papel de siempre y solo esperaba una excusa para escribir algo, lo que sea. Luego, recordé que no necesito excusas; nacieron las ganas y fue suficiente. Este es mi entrada de fin de año, esa que todos escriben con buenos deseos y la típica frase que, en épocas anteriores, se dejaban en tarjetas de cartulina brillante y pirotécnicos de tinta y escarchas a tropel.

Si bien el fin es subjetivo, siempre trato de ignorarlo. Hoy, bien podría ser un 32, como tanto me gusta, pero prefiero dejarme llevar por el ambiente y parar de cuestionar hasta la disposición del calendario con 52 semanas y, si acaso, un bisiesto con unas 24 horas para llevar.

Antagónicamente, ignorando el fin, anhelaba el comienzo. Pensaba, hace un par de años, que mis quimeras serían derrotadas después de las 12 campanadas. Sacaba una maleta, me comía las dichosas uvas y esperaba el rocío de suerte que, suponiendo todo lo creído tuviera tan solo una partícula de cierto, caería sobre mi. La ingenuidad de una pequeña de 10 años, no tiene límite, según quiero creer. 
Ahora, más realista -o negativa, como quiera leer-, ya no me siento a esperar a que la mística haga su parte. 

Viví trescientossesentaycinco días a mi manera. Las mil veces que me caí, fueron mi culpa; no de haber fallado en el conteo de campanas y mucho menos de las uvas. Cuando estuve en pie, fue a causa del esfuerzo y los empujones de a deshoras que invertía para no caer -no tanto, por lo menos-. No puedo culparme, solo crecí. 

Pasé parte del tiempo pensando en no pensar. Caminaba para no cansarme y descansaba para caminar. Quería volar y me ataba al piso. No confiaba, no creía y me arropaba con una cobija de ilusiones -no de sueños- y las metas se iban acercando, sin pensarlo, aún y cuando las evitaba. Después de un rato, me cansé del procedimiento. 
Para mi, la vida es de papel. Te da la oportunidad de decorarla, la moldeas cuando quieras. Un barquito, si quieres navegar en sonrisas o un paraguas si buscas esconderte de una lluvia de lágrimas. Es lo que desees, cuando lo desees. Entonces, ¿Por qué seguir viviendo sobre un folio en blanco? Simplemente, me cansé de vivir pensando en el miedo y decidí pintar mi hoja con todas las combinaciones posibles. El 98% de las mismas, terminaron en desastre...Pero la hoja, no se rompió.

No miento, aún sigo teniendo miedo. Como cualquier mortal, me escondo. Dejo de escribir y las inseguridades se vuelven mi escudo. Pero vivo y mi sonrisa, cuando está, es sincera y no hay manera de que diga algo que no sienta. 

Ahora, para volar, solo hago los dobleces necesarios hasta obtener el avión. Lo pinto con heridas y victorias, no de engaños. Las alas están llenas de metas y el motor de pequeñas dichas. 

domingo, 22 de diciembre de 2013

Me escondía en lugares comunes: bajo las rocas, detrás de un armario o en el fondo del mar. Nada imaginativa.
Al salir, de vez en cuando, me alejo del papel. Ya no me gusta, ya no lo siento. En retrospectiva, me hice más daño que bien, aún y cuando de volar, lo hacía sobre las líneas y la tinta en el despliegue. Así, olvido desde los conectores, hasta la precaria formulación de metáforas que solía utilizar.
Estaré mejor, me digo...Pero, realmente, nunca me he creído.
Aquí no hay vuelos, ni estelas, ni pies sin firmamento. Todo lo contrario, un sin sabor.