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Tenía 19 años cuando descubrí, de tu mano, aquella quinta que se dibujó a sí misma como un cuadro del siglo pasado, coronada con un árbol de tapara que dejaba caer sus frutos sobre una fuente que terminó por abrazarle.
Recuerdo tu foto. Mirabas hacia esa fuente y yo capturé tu espalda. No importa cuántas veces insistiera, jamás pude guardar tu sonrisa en una imagen. Conmigo, jamás quisiste una foto. Me tocó conformarme con tus hombros, tu cuello erguido hacia un horizonte que se escapaba de mis ojos.
Debo admitir que aún la observo. El papel se ha corroído en las esquinas, pero aún puedo mirarte. Sé que sonreías aunque no me observaras. Sé que colgabas tus sueños frente a una estructura que dejaba correr sus aguas; como tú, cuando dejabas que el mundo siguiera de largo y te aferrabas a ti, en tu silencio, en tus ganas de ignorarme por el placer de hacerme molestar, de las ganas absurdas que sentía de besarte, las mismas que calmabas en otros labios que no eran los míos. No fui capaz de …

Alicia

En otro momento, habría escrito bajo el seudónimo que acunó tantas veces mis conflictos existenciales. Habría tomado mis problemas y los habría volcado en un personaje ficticio que se acoplara a mis vacíos y me diera la oportunidad de hablar sin disculparme, de gritar mis sentimientos sin la presión de sentirme atrapada en las circunstancias que rodeaban lo que era, lo que quería llegar a ser. Alicia, firmaba. Me sentía ella o ella se sentía yo, pero siempre éramos una. Una que gritaba, lloraba y se escondía en las pequeñas grietas que la otra dejaba entrever a sabiendas de servirle de escondite. Si ella venía a mi, la dejaba entrar. Si me acercaba, ya la puerta estaba abierta. Hoy Alicia no está. No quise acercarme a su presencia. Reuní mis pedazos y decidí encontrarme conmigo y mis múltiples fracturas, a ver si por fin toleraba mis desastres, las múltiples causas perdidas que sellaron en mi esta absurda decepción, esta bocanada de desesperanza que he aprendido a tolerar a los coñazo…
Espero, al menos, que el silencio complete mis espacios (que son muchos) y me quite esta sensación de vacío, de una casi persona que deja colar todos sus miedos a través de los poros y se refugia en la idea absurda de no aferrarse a nada, de un ésta vez si, ésta vez si lo logro, que termina agrupada entre las otras tantas decepciones que crean aquellos espacios. Ojalá el silencio si los llene. Ojalá.
Me gusta tu mirada de silencio. Te quiero y todo se abalanza sobre mi, pero tu calma se mantiene y yo no quiero molestarte
Recordé que escribía para no quedarme dentro de mis cuatro paredes mentales, caminando entre las esquinas, esperando a que el entorno de paredes blancas se disipase; pero me quedé adentro, el miedo superó mis expectativas. No pude encontrar la puerta durante un par de meses y, ahora que la encontré, no quise salir. Otra vez el miedo. Otra vez la sensación de estar dentro de una caja desordenada, donde al primer movimiento de la tapa, se salen todas las piezas.


Este no es otro estado en facebook de agradecimiento por un año más de dicha y bendiciones. No es, tampoco, una tarjeta de palabras bonitas para llevar. Hoy, ni siquiera, se termina el año, pero me da lo mismo. Quienes me conocen saben que no suelo seguir un orden consecuente para enumerar los días y que, mucho menos, soy capaz de recordar cuantos tiene cada mes (febrero, claramente, es una excepción). Así que decidí hacer mi recuento hoy, motivada por el sedentarismo organizado, promovido por días como éste, donde es socialmente aceptado el ser una carga sin sentido ni misión en la vida, un día donde comer sobras en cualquier horario es la norma (cosa que me encanta).

Este año empezó sin resoluciones mágicas e imposibles de afrontar. No empecé con una dieta en mente, ni una lista de cosas por hacer (admito que, en ocasiones anteriores, era una especie de biblia que me prometía seguir al pie de la letra y siempre terminaba decepcionada). No quise ser más o menos, solo quise continuar
En ocasiones, el tedio de la semana, se convierte en el del mes y con el tiempo, termina por ser el del año. Las horas se transforman en cúmulos críticos de segundos, bombas de acción inmediata o, por el contrario, la definición pura de un espacio estático, inamovible, donde los relojes se derriten contigo y tú con ellos, buscando un escape.