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Carrusel

Me dreno hasta el cansancio y amanezco sobre retazos de la noche previa. Reúno los pedacitos y me voy construyendo como si pudiese ser posible pegarse con anécdotas y sonrisas ajenas; como si el acto de romperse no fuese, en sí mismo, un carrusel –a medio andar- personalizado. Cada caballito un mundo, y cuidado si no un universo.
Pero nunca me gustaron los carruseles.
Me asustaba ir girando y girando, sobre el pony de turno, casi estática. Yo no me movía, pero el mundo si ¿Por qué todo debía continuar girando? ¿Era, acaso, una premonición? Epifanía cualquiera en la mente de una niña de cuatro años. No. Definitivamente no me gustaban los carruseles. Prefería las montañas rusas, aunque paralizaran mi sien y solo me permitiese gritar sin control, fuera de mis cabales. Al menos no era una fantasía de movimiento, un circuito sin sentido de caballitos que no van a ninguna parte, de mundos estáticos, con un montón de niños fingiendo ser satélites. No sé qué hago aquí. Hace meses que no era cap…
Han pasado 11 semanas desde que la realidad se convirtió nuevamente en mi sistema, el que respiro a diario cada vez que amanece y me veo obligada a abrir los ojos.
Todo es rutina, hasta los "pequeños escapes". Un ciclo de saludos y despedidas, de besos robados entre pisos, vidas alimentadas por nostalgias y la eterna sensación de haber querido todo sobre unas manos que no tenían nada. Mis manos, claro.
Me siento el Quentin de Faulkner, sin la prosa exquisita que narraba sus tormentos, con el peso de unos sueños que no eran los suyos, persiguiendo realidades que no eran su alimento. El sin sentido de la vida misma y sus tretas para ganarse tu confianza y mantenerte entre sus brazos, cuando ella es Saturno y tú no eres más que uno de sus hijos.

Me cuesta tanto acoplarme a la cama, a sus matices de almohada caliente y sábanas frías. Siempre doy vueltas a un compás que ya me aburre y termina por cansarme hasta el punto en que la cama es horizonte y yo no soy más que otro atardecer; hasta que conocí lo que era dormir en tus brazos, con el calor de tu cuerpo sobre mi, sin almohadas que voltear hasta conseguir la temperatura correcta. Un cielo sobre el cual posarse, acariciando tu cabello que reposa sobre mi pecho mientras espero el momento indicado para poder besarte sin perturbar tu sueño.

Día 3

Sigo aferrada a la idea de perderme, de alejarme de toda sensación. No me importa conservar las positivas, de igual manera queman. Me vuelvo coraza y me aislo del mundo. Rompo los recuerdos tangibles y se graban en mi aquellos que no lo fueron, como tantas caminatas frente a un mar que ya no logro reconocer, uno que no quisiera visitar de nuevo, porque tantos miedos se materializarían. Me despido de mi, al menos de lo que era, cuando sonreía con el viento de frente a mi cara y me preocupaba que irritara mis ojos. Hoy se encuentran secos, la brisa los ha apagado.
Tengo tu sonrisa clavada en mis labios. La misma que pinta tu rostro mientras duermes y hace creer que en realidad permaneces despierto, pero te conozco lo suficiente para saber que morfeo sigue jugando contigo. La recuerdo y me derrito, me hago chiquita. Me asusto. Es perfecta. Un mar en calma que me invita a nadar y perderme en cualquiera de sus posibles tormentas, sin temor a convertirme en olas o en sueño, siempre y cuando pueda sentirla mía.

Día 2

Se siente como un día, aunque ha pasado una semana. Hoy no quiero escribir. Tengo una semana sin querer hacerlo, por eso este es mi día 2.
Sabes que estás jodida cuando el pilar al que te aferras es la filosofía que mueve a todas las organizaciones de alcohólicos anónimos: un día a la vez. Y si, así es posible sobrevivir, pero ¿Hay algo más que te mueva, más allá de simplemente ocupar un lugar en el espacio?
Mi principal preocupación es repetirme a diario, siempre en mi mente, que soy suficiente. Soy la única que puede creérselo ¿No? pero no es fácil. Nada es fácil. Me arropo en la idea de que todo es momentáneo, que esto también va a pasar e intento bloquear mis pensamientos, pero no funciona. No siempre.
En fin, este es solo un recordatorio personal. Siempre habrá alguien que destruya lo poquito que lograste construir en el día con un simple comentario y lo más probable es que esa persona no comprenda lo que hizo, porque es así; no se suele comprender lo que no se conoce, lo que no…

Día 1

Hoy fui a terapia.
No era así como quería empezar esta nota, pero no se me ocurrió ningún recurso literario al cual apelar. Hoy no hay licencias que me permitan esconderme, un alter ego que escriba por mi lo que quise decir cuando no era capaz de hacerlo detrás de mi propia cara. Hoy soy yo, admitiendo que los problemas no se solucionan bajo una cobija mágica, la misma que me acogió desde que tengo poco menos de cinco años y que aún ahora es mi placebo favorito, la mentira que me encanta interpretar.
Escribe, me pidió. Al parecer te ha funcionado antes y la verdad es que si. Hace seis años escribí una carta que terminó siendo mi mayor desastre: la Betania que tanto tiempo había sobrevivido detrás de una coraza, se quebró por completo luego de escribirla. Pensé, en ese momento, que me había equivocado ¿Por qué mostrarse? ¿Por qué ser transparente frente a un mundo que se apropia de tus miedos y los inyecta en tu conciencia, como un recordatorio de tus limitaciones? Yo no quería escribir…