lunes, 22 de mayo de 2017

Alicia

En otro momento, habría escrito bajo el seudónimo que acunó tantas veces mis conflictos existenciales. Habría tomado mis problemas y los habría volcado en un personaje ficticio que se acoplara a mis vacíos y me diera la oportunidad de hablar sin disculparme, de gritar mis sentimientos sin la presión de sentirme atrapada en las circunstancias que rodeaban lo que era, lo que quería llegar a ser.

Alicia, firmaba. Me sentía ella o ella se sentía yo, pero siempre éramos una. Una que gritaba, lloraba y se escondía en las pequeñas grietas que la otra dejaba entrever a sabiendas de servirle de escondite. Si ella venía a mi, la dejaba entrar. Si me acercaba, ya la puerta estaba abierta.

Hoy Alicia no está. No quise acercarme a su presencia. Reuní mis pedazos y decidí encontrarme conmigo y mis múltiples fracturas, a ver si por fin toleraba mis desastres, las múltiples causas perdidas que sellaron en mi esta absurda decepción, esta bocanada de desesperanza que he aprendido a tolerar a los coñazos y que han hecho de mi un peón sin su tablero.

Extraño conversar y sentir que era posible escucharme en alguien, al mismo tiempo de que él se escuchara en mi, en las tantas noches frente a una luz que titilaba entre el blanco y el amarillo intenso, justo al frente de la calle.

Ya no lo intento. Me refugio en cualquier actividad que me proporcione calma, atravieso mis memorias y me quedo en la acera segura por temor (¿Temor?) a cruzar la calle.

El tiempo cura, dicen; pero yo no sé si quiera ser curada.

domingo, 19 de marzo de 2017

Espero, al menos, que el silencio complete mis espacios (que son muchos) y me quite esta sensación de vacío, de una casi persona que deja colar todos sus miedos a través de los poros y se refugia en la idea absurda de no aferrarse a nada, de un ésta vez si, ésta vez si lo logro, que termina agrupada entre las otras tantas decepciones que crean aquellos espacios. Ojalá el silencio si los llene. Ojalá.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Me gusta tu mirada de silencio. Te quiero y todo se abalanza sobre mi, pero tu calma se mantiene y yo no quiero molestarte

domingo, 19 de febrero de 2017

Recordé que escribía para no quedarme dentro de mis cuatro paredes mentales, caminando entre las esquinas, esperando a que el entorno de paredes blancas se disipase; pero me quedé adentro, el miedo superó mis expectativas. No pude encontrar la puerta durante un par de meses y, ahora que la encontré, no quise salir. Otra vez el miedo. Otra vez la sensación de estar dentro de una caja desordenada, donde al primer movimiento de la tapa, se salen todas las piezas.


domingo, 25 de diciembre de 2016

Este no es otro estado en facebook de agradecimiento por un año más de dicha y bendiciones. No es, tampoco, una tarjeta de palabras bonitas para llevar. Hoy, ni siquiera, se termina el año, pero me da lo mismo. Quienes me conocen saben que no suelo seguir un orden consecuente para enumerar los días y que, mucho menos, soy capaz de recordar cuantos tiene cada mes (febrero, claramente, es una excepción). Así que decidí hacer mi recuento hoy, motivada por el sedentarismo organizado, promovido por días como éste, donde es socialmente aceptado el ser una carga sin sentido ni misión en la vida, un día donde comer sobras en cualquier horario es la norma (cosa que me encanta).

Este año empezó sin resoluciones mágicas e imposibles de afrontar. No empecé con una dieta en mente, ni una lista de cosas por hacer (admito que, en ocasiones anteriores, era una especie de biblia que me prometía seguir al pie de la letra y siempre terminaba decepcionada). No quise ser más o menos, solo quise continuar siendo lo que sea que me llenara lo suficiente como para sentirme orgullosa de mi misma y bueno, casi un año más tarde, debo admitir que no lo logré, pero el cartelito de "en proceso" sigue colgando en mi frente y eso me agrada.

No esperaba construirme desde cero, ni una solución inmediata a situaciones y momentos que han crecido conmigo, a veces como guía y otras tantas como cargas. Dejé ir y al mismo tiempo, me dejaron continuar con mi camino. Me sentí, infinidad de veces, insuficiente de llenar expectativas ajenas, hasta que comprendí que esas expectativas me importaban un carajo y que me daba igual si ésta o aquél se sentían cómodos con quien yo era. Al fin y al cabo, mi convivencia perenne es conmigo misma y si me caigo bien, ¿Qué coño importa el resto?

Ni siquiera he crecido lo suficiente. Con 20 años, apenas acabo de dar el primer paso para dejar los pañales, pero no importa. Disfruté quitármelos, tanto como me hizo feliz el tiempo que los llevé puestos.
Aprendí, por fin, a decir lo que pensaba sin tener que pasar mil y un veces por el proceso de escribirlo, de redactarlo una y otra vez, hasta ser medianamente capaz de enunciarlo como una oración mil veces estructurada.
Me equivoqué tantas veces como intenté no equivocarme y al final resultó que meter la pata es tan rico como no hacerlo. Es decir, no importa. No importa y jamás importó, pero estuve tan ocupada en disculparme una y otra vez, que no era capaz de comprender que la única disculpa me la debía a mi misma, por el simple hecho de limitarme al momento de intentarlo.

De mi vocabulario salió el "no puedo" y llegó el "coño, hay que intentarlo" y éste puso en mis manos momentos increíbles. Abracé y me dejé abrazar, me emborraché más de lo esperado y me reí como nunca después de haber llorado la misma cantidad de veces en que prometí no hacerlo; así que ya no prometo, al menos no imposibles. Me limito a existir y tomar todas las oportunidades que se presentan para escapar de la rutina.

Salud por otro año como éste, que me enseñó a coser las heridas y aprender a vivir con las costuras.

martes, 8 de noviembre de 2016

En ocasiones, el tedio de la semana, se convierte en el del mes y con el tiempo, termina por ser el del año. Las horas se transforman en cúmulos críticos de segundos, bombas de acción inmediata o, por el contrario, la definición pura de un espacio estático, inamovible, donde los relojes se derriten contigo y tú con ellos, buscando un escape.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Cada nuevo año escolar, desde primaria, llegaba el incómodo día en el que presentarse era la primera actividad de la mañana.
Uno tras otro se iban presentando, hablando de su deporte favorito, la profesión que escogerían con opciones típicas de la ingenuidad que aún nos gobernaba, la edad que se sostenía en una sola mano. Mientras tanto, me mordía las uñas (mala costumbre que aún conservo desde mis primeros momentos de ansiedad), asimilando internamente el pánico que me producía escucharme y ser escuchada frente a un salón que, aunque conocía de memoria, me cercaba en mi propio y silente mundo de temores.

Recuerdo que siempre decía mi nombre y mi edad, me gusta leer y con suerte me dejaban sentarme. En ocasiones, la maestra de turno prolongaba mi tortura con preguntas específicas que me arrancaban de mi zona de confort. Esto ha debido de crearme un trauma, no hay otra explicación.

Mi capacidad para expresarme de forma oral continúa siendo la de aquella niña de primaria que jamás pudo hacerlo sin titubear, sin sentirse cohibida por las propias paredes en las que se encerraba. Así que, en vez de derrumbar las paredes, construí unas un poco más versátiles: me escondí en una casa de letras. Vengo aquí y escribo un diario que termina por ser mi enclave en el mundo, mi forma de expresarme sin tener que titubear, sin enrojecer, sin mostrar expresiones que terminan delatando lo que verdaderamente estoy sintiendo.




A veces hago el experimento de intentarlo, de arriesgarme y hablar, de decir exactamente lo que estoy sintiendo; pero, dado que el agua tibia es complicada de encontrar, siempre termino en el extremo de lo frío o lo caliente y me arriesgo por completo, sin medias tintas. Como si callarme en ese preciso instante pudiera afectar las órbitas planetarias, el cambio en las mareas, el campo gravitacional terrestre...Y te invito a salir. Me como mis miedo y te cuento que dentro de mi mente todo es un caos, pero que quizás sea bueno compartirlo de a ratos, dejarlo ir y que vuelva si tiene que volver o que se quede viviendo fuera de las cuatro paredes que lo limitan a un folio en blanco, pero no; siempre fracaso y termino en la hoja o ella termina conmigo y yo me quedo siendo otro de los pensamientos de la niña que en primaria no podía hilvanar una oración.