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«las nubes tienen calles» dijo,
Y hoy lo abrazo como se abrazan las calles que no se transitan,
Entre nubes que se cargan de agua y lloran sobre nosotros,
Sobre las calles que dejaremos atrás,
Donde hace tanto hicieron las moscas sus nidos pasajeros,
Rituales sin sombra,
Neblina que cubre Caracas
Y nos arropa bajo la única manta con nombre
Bajo el único cielo que no va a extrañarnos
Porque se han ido tantos y han quedado tan pocos,
Para extrañar sin suponer,
Para existir sin preguntar
¿Acaso amaneceremos, de nuevo, mañana?
El pánico me convierte en raíz y me acerca a ser el árbol que tanto temo.
Cinco birras más tarde, no distinguíamos si aquella valla frente al universitario era - o no - el icónico ovalo de la Savoy; pero éramos, eso si, capaces de encontrarnos entre historias improvisadas, recuerdos de poco más de quince años, frescos, como si se tratase de hace un par de semanas. Capaces de cantar sin pena, de abrazarnos en grupo, de ser los adolescentes que no fuimos, de jugar a los adultos que podríamos llegar a ser.  Fuimos las sonrisas que nos dibujábamos en el rostro, las melodías improvisadas que se escapaban de los trastes de un ukulele sin nombre. Fuimos karaoke del bachillerato, colisiones de estrellas que se apagan para dar vida a nuevas estelas, sin órbitas, polvo que regresa al polvo y se rehace en un mismo espacio, el mismo que comparten nuestros pies que bailan y hablan entre si, de las calles que han recorrido y las que están por recorrer, las que se quedaran vacías de nosotros que estamos, pero no estaremos luego; que cantamos con las cuerdas vocales inund…
Tenía 19 años cuando descubrí, de tu mano, aquella quinta que se dibujó a sí misma como un cuadro del siglo pasado, coronada con un árbol de tapara que dejaba caer sus frutos sobre una fuente que terminó por abrazarle.
Recuerdo tu foto. Mirabas hacia esa fuente y yo capturé tu espalda. No importa cuántas veces insistiera, jamás pude guardar tu sonrisa en una imagen. Conmigo, jamás quisiste una foto. Me tocó conformarme con tus hombros, tu cuello erguido hacia un horizonte que se escapaba de mis ojos.
Debo admitir que aún la observo. El papel se ha corroído en las esquinas, pero aún puedo mirarte. Sé que sonreías aunque no me observaras. Sé que colgabas tus sueños frente a una estructura que dejaba correr sus aguas; como tú, cuando dejabas que el mundo siguiera de largo y te aferrabas a ti, en tu silencio, en tus ganas de ignorarme por el placer de hacerme molestar, de las ganas absurdas que sentía de besarte, las mismas que calmabas en otros labios que no eran los míos. No fui capaz de …

Alicia

En otro momento, habría escrito bajo el seudónimo que acunó tantas veces mis conflictos existenciales. Habría tomado mis problemas y los habría volcado en un personaje ficticio que se acoplara a mis vacíos y me diera la oportunidad de hablar sin disculparme, de gritar mis sentimientos sin la presión de sentirme atrapada en las circunstancias que rodeaban lo que era, lo que quería llegar a ser. Alicia, firmaba. Me sentía ella o ella se sentía yo, pero siempre éramos una. Una que gritaba, lloraba y se escondía en las pequeñas grietas que la otra dejaba entrever a sabiendas de servirle de escondite. Si ella venía a mi, la dejaba entrar. Si me acercaba, ya la puerta estaba abierta. Hoy Alicia no está. No quise acercarme a su presencia. Reuní mis pedazos y decidí encontrarme conmigo y mis múltiples fracturas, a ver si por fin toleraba mis desastres, las múltiples causas perdidas que sellaron en mi esta absurda decepción, esta bocanada de desesperanza que he aprendido a tolerar a los coñazo…
Espero, al menos, que el silencio complete mis espacios (que son muchos) y me quite esta sensación de vacío, de una casi persona que deja colar todos sus miedos a través de los poros y se refugia en la idea absurda de no aferrarse a nada, de un ésta vez si, ésta vez si lo logro, que termina agrupada entre las otras tantas decepciones que crean aquellos espacios. Ojalá el silencio si los llene. Ojalá.
Me gusta tu mirada de silencio. Te quiero y todo se abalanza sobre mi, pero tu calma se mantiene y yo no quiero molestarte