miércoles, 6 de agosto de 2014

Verano.


Las clases de física no traen de vuelta las olas.  No existe fórmula capaz de limitar el espacio a un rincón finito, bordado con pequeños granitos de esa materia oscura, perfecta para la construcción y el recuerdo, por tradición, de aquellos castillos feudales.
Cierro los ojos, lo confieso. Me imagino desnuda, flotando cerca de algún peñero  y confundo los conceptos. Libertad o libertinaje, ¿Del alma o del cuerpo? –Solo agua, sin consciencia- me digo.

Han pasado las horas. Las cuatro menos cuarto y es imposible seguir luchando contra el tedio. Se desdibujan las palmeras que pinté hace una hora, las gaviotas y los pájaros de celofán no fueron mucho más que un origami. Las olas no se sienten ya en mi espalda, no hay placer para llevar,  mucho menos senos –no precisamente la función- respirando, piel comprometida; ahora, hay que esconderlos, coartarse, seguir pensando en axiomas, demostrando posibles teoremas.


¿Así viven los que piensan?

Yo prefiero, entonces, no pensar. 

domingo, 3 de agosto de 2014

5:40 am.

Dos palmadas sobre mi muslo izquierdo, mientras el derecho permanecía oculto entre las sábanas. Siempre el mismo muslo, todos los días.
Lo miraba, sobresaltada, como si se tratara de la primera vez que sucedía; aunque, desde que aprendí a comunicarme, le pedía que por favor me despertara con mayor delicadeza.

Nunca me escuchó, disfrutaba de mis arranques infantiles a toda hora.

Caminaba desde el cuarto a la cocina, siempre con la misma compañía: mi cobija. -Aún tiene nombre y la busco en las noches, aunque carezca de frío-. Me paraba frente a él con los ojos cubiertos de lagañas, la pijama raída de siempre y los brazos levantados hacia su cuello.

Él, cual rutina, tomaba el último trago de café. Nunca lo veía tomarlo, solo lo escuchaba: el líquido pasando por su garganta y el ruido sordo que hacía la taza al chocar con el granito del mesón. Mientras continuaba con su ritual, yo seguía demasiado ocupada pensando en las palmadas y el cansancio, la tarea que no terminé el día anterior, saboreando el vaso de chocolate caliente que venía en camino, que veía siempre.

Solo necesitaba guindarme de su cuello, sujetarme a su espalda y recorrer el trayecto que había desde el apartamento hasta el puesto 497.
Para el momento en que comenzaba a levantarme del suelo, ya había olvidado mi molestia inicial. Olía muy bien, siempre. Amaba estar allí, robándole dos minutos a la vida y sus tretas, escapándome del destino con solo colocar mi cabeza sobre sus hombros y sentir sus pasos sobre el piso. Cuando era grama, lo sentía. Se hacía suave, imperceptible. Me sentía flotar. Si llovía, en cambio, percibía el lodo y su presión hacia el centro de la tierra sin tenerlo cerca, siempre a través de sus sentidos.

Me sentía, en ocasiones, una prolongación de sus pisadas o él, una ampliación de mi conciencia, hasta que abría la puerta y me dejaba en el asiento trasero, encendía el auto y se iba. Siempre pensó que, para el momento en que se daba la vuelta, yo estaba dormida.

Solo se iba, día tras día, hasta que no hubo más palmadas y perdí la capacidad de seguir robándole el tiempo a la vida.