sábado, 17 de septiembre de 2016

Busco y sostengo bloques,
trozos de acero,
hierro cualquiera con carbono variable,
aleaciones al 0.08%
vigas cargadas de espamos,
historias increíbles sobre faros en medio de la nada
sobre canciones que quise cantarte y me tragué en el proceso
masticándolas,
ahogándome con sus versos baratos
digiriéndolas después del tercer replay
de las tantas noches en que no te tuve
pero eso ya lo sabes,
claro,
porque no estuviste.

Bendita idiotez,
razón suficiente para esperar tu regreso
ese que nunca vendrá, porque jamás te marchaste.
Las personas como tú nunca se marchan,
nunca llegan,
nunca esperan quedarse.
Estrella fugaz de otra galaxia inalcanzable,
fenómeno luminoso
converge hacia el infinito.

Entonces me construyo.
Bloque tras bloque
mentira, te miento.
Por lo general termino bajo el material,
como si mi nivel de despiste pudiera continuar trascendiendo
actuando en mi contra,
sepultándome bajo cientos de temores
me diseño una coraza
un muro precioso que me separa del pánico
la angustia
la ansiedad que se alimenta de mis horas de sueño.
Edifico mi propia distancia,
marco la línea divisoria entre dos polos:
el yo que se da por sentado
el yo que odias en silencio
y decido quedarme en el segundo,
el que me permite moverme a mi antojo
esconderme a mi antojo
forjarme como el acero,
jamás a un 2,14%
y que pase lo que tenga que pasar,
quizás algún día recaiga en la primera.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Ayer conversé contigo. Bastó con alejarme del bullicio un par de metros, para encontrarte sobre la arena. Me estabas esperando, estoy segura.
Que difícil ofrecerte un resumen, una síntesis más de los últimos meses en los cuales te he evitado por el pánico a escuchar la palabra "decepción" traída por el viento; pero me hablaste, en una ola me tomaste de la mano y supe que no estabas molesto, nunca lo estás. Son muchísimas las veces que me he ausentado y son infinitas las oportunidades en que me perdonas y continuamos adelante, como ignorando mi estupidez, mi fragilidad...Y escucho tu voz, "se fuerte, eres la mayor", aquella del reproche cuando cualquier lágrima se escapaba cuesta abajo por mi mejilla y tú le ponías un parao', otro artificio para hacerme crecer antes de verte partir.

Me preocupa no tener mucho más que decir. Siempre hay algo que contarte, pero me causa pánico imaginar tu reacción y me sumo en el silencio. Escucho las olas chocando contra la orilla, el murmullo del mar y las tantas veces que, escapados, nos creíamos invencibles entre brazadas.

Solo allí me siento en paz. Es, bueno...No sé explicarlo. ¿Conoces el cliché del mar lavando los problemas? bueno. A mi me los arrebata por completo, al menos en el preciso instante en que cierro los ojos y solo escucho la risa del viento, porque estoy segura que se está riendo. No hay forma posible de acariciar la plenitud del mar y no sentir que el corazón se reconstruye con sonrisas, por más fraccionado que estés. Por favor, hoy no quiero escuchar que las emociones se alojan en el hipotálamo. Déjame en mi lugar común, déjame ser feliz al menos en los cinco minutos que me estás dedicando. Quiero continuar riéndome de mis propias estupideces, mis comentarios sin sentido, las ocurrencias de carajita de 5 años que mira de cara al cielo sin temor a ser quemada por el sol.

Seguiré estando bien, porque no hay otra forma de estar. Al menos no ninguna concebible por mi, no por ahora. Mientras tanto, me quedo entre nostalgias y regresos.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Aquí va un ejercicio; no de redacción, mucho menos de narrativa. ¿Conocen esa sensación de estar cargados y, en ocasiones sin saberlo, a punto de estallar?  Es mejor, desde mi humilde punto de vista, liberarse de cualquier cosa que atente contra mi tranquilidad -y la de mi entorno, claro-, entonces surge esto. Mejor dicho ésta, una necesidad absurda de vaciarme por completo, de escribir que el día ha estado como tantos otros días, que he sido yo la que ha cambiado -o la que no-.

Esta vez el día ha sido el mismo. Una sucesión de minutos y tiempo muerto, entre comida y comida, la siesta que tomo entre cortada para que dure el resto del día y me deje consumirme, noche tras noche, en un insomnio incomprensible -si, claro. Incomprensible-. 

Ahora me duermo en los carros. Conseguir el placer del sueño en movimiento es una meta desbloqueada, ¿Para qué sirven las camas? ¿Por qué dormir de 8 a 6? 
No lo comprendo. Es decir, si lo comprendo, pero no quiero compartirlo aunque suela decir lo contrario.
"Quiero dormir", pero la verdad es que no. A veces enunciamos pensamientos que, después de analizarlos, son más una convención social que un deseo. Yo no quería, solo sentía que debía, que de mi se esperaba un horario, una agenda previamente diseñada; y no, en este momento mi agenda es un cuadro en blanco y la voy llenando cuando y como quiero. Es mejor, incluso, dejarla en blanco y llenarla al día siguiente, con relatos de un día increíble que no pasó en vano -o la historia de como pasé todo el día paseando entre fotografías viejas, el mar de enciclopedia sobre el que continúo escribiendo, el recuerdo de sus manos sobre mi piel, las tantas veces que he rechazado ser feliz por seguir un criterio que ni siquiera me pertenece(...)-

                                                                               (...)
Últimamente me encuentro a mi misma cuando nado. Siempre me ha gustado hacerlo, pero ahora me deja un sabor de boca distinto, una sensación de estar en lo infinito, de saberme en el lugar y momento adecuado. Mi única limitación la pone el espacio y, por lo general, se comporta bastante amable y condescendiente. Me entrega todo y al mismo tiempo, me deja entregarme con la misma simpatía. 
Que me dejen aquí, por favor. Que encontrarme a mi misma sea la meta que quiera cumplir al final de cada uno de mis días. Si el tiempo me da tiempo, bien. Si no, habrá que robarlo. 
Tendré que escribirme a diario, drenar cuando haga falta, escupir en prosa o en verso y volver al principio. Todas las veces que sean necesarias.

martes, 6 de septiembre de 2016

Me ofreces una flor y no me gusta,
la rechazo.
tras las cortinas de mi mente,
claro,
como cualquier espejismo,
siempre imposible.

Si, la rechazo.
No quiero que la arranques
la entregues como trofeo
despedida disfrazada de camelia
mentiras que imitan analgésicos
amapola, mi sedante.

Detén mi insomnio
pon de nuevo esas formas sobre las nubes.
                                                                          Ponlas tú.
Un caballito de mar cualquiera,
la silueta de un ancla en ultramar,
tus labios entre abiertos
yo que me pinto de ti
y te mancho con mis huellas
el capítulo 92 que te recito a tropezones,
a los coñazos,
a sabiendas de tu silencio necesario
tus palabras que reptan por mi tronco
las ramas que negué tener
el fruto que se escapa de mis palmas
y se frenan en mi vientre,
en las tantas noches que te he imaginado sobre mi,
                                                                            abajo de mi,
siempre a mi lado.

No quiero tus flores,
esas que jamás me has ofrecido,
que probablemente nunca llegues a obsequiarme.
No quiero tus malditas flores,
no quiero los lirios que jamás pondré en un jarrón ilusionada,
regándolos con gotas de una dicha indiscutible,
en esta suerte (¿Suerte?) de tenerte.

Tampoco quiero que seas mío.
No quiero encontrarte sobre el caballito
nadando cerca del ancla,
con tus labios sellados por el tiempo,
sentados en un porche bajo el agua
en una casa compartida por un silencio que no quiero sostener,
ya sin nubes que moldear,
con tantas noches y sin ningún cuerpo,
con tus flores marchitas sobre mi mesa. 

domingo, 4 de septiembre de 2016

No puedo ser un árbol.
No puedo pasar la vida entera meditando,
moviendo mis ramas,
así como lo escribió Montejo.

Ni siquiera tengo ramas
                                                 creo
y si llegué a tener raíces,
las corté desde el inicio.

Me considero incapaz,
absurdamente incapaz,
de mantenerme fiel a un punto en el espacio,
sin ser cartógrafa de otros suelos,
sin aferrarme con las uñas al lodo del camino,
de las tantas noches bajo un manto oscuro y sin estrellas,
sin risas de astros cohibidos,
tanta niebla, tantos pasos.

No quiero ser un árbol que se aferra a un mismo suelo,
que se adhiere a lo que conoce,
a lo que quiso,
a lo que fue,
a lo que sigue siendo.
Inamovible,
en ocasiones,
bajo el concreto que intenta romper,
infructuoso,
quebrando la acera sin poder liberarse,
preso de si mismo y su naturaleza.

No, no quiero ser un árbol.
Que me alimente el sol cuando le plaza
¿Y cuando no?
bien gracias, señorita. Espere su cuota diaria.
Permanezca en el mismo rincón del orbe,
no busque vida en otros faros,
que del mar no sabrá nunca nada.