miércoles, 20 de mayo de 2015

Vicios etéreos.

Tu piel suele extraviarse en los pliegues de su sábana. Sonríes y te retuerces en un mismo movimiento, dándole una vez más gracias al cielo por tenerla allí, siendo carne -no sé si de la tuya- y alma en un solo beso ahogado.

Yo sé que estás allí, ofreciéndote el placer que el tiempo junto a mi solía negarte. Te haces infinito y abstracto, otro reloj de Dalí. Te conviertes en nicotina barata y vas deslizándote entre senos y muslos sin tiempo, pulsando todas las teclas de un cuerpo sin vida.
Vicios etéreos, claro, mientras yo disfrutaba de tu prisa y aquellas caricias discretas que dejabas escapar en los minutos que no le pertenecían a nadie.

Nunca tuve uno solo de tus besos a mi tiempo, me acostumbré a tus compases y sin sabores. Me gustaba, incluso, la manera en que dejabas de mirarme cuando, luego de tanto silencio, quería tan solo gritarte, decirte que estaba allí, que seguía viva, queriendo creer que aquél escalofrío que recorría mi espina dorsal cada vez que me tocabas era mío, verdaderamente mío, y no otro de tus trucos en condición de pagaré.
No pedía verte despertar, amanecer dentro de mi; ni siquiera tenía aspiraciones de conseguir el desayuno junto a mi cama, ni la tuya, -o la nuestra-. Quería tenerte a ti, un sólo día, veintisiete minutos sin quejarme.

Quería, tan solo, ser mucho más que otro pupitre tras de ti.

viernes, 8 de mayo de 2015

Claudia


Claudia solía detenerse en cada cuadra. Cruzaba la avenida como quien cruza un río innavegable bajo una tormenta: siempre con miedo, siempre con prisa. Recuperaba el aliento solo al alcanzar la otra acera y se creía, brevemente, salvada por los dioses de aquella corriente de concreto y asfalto carcomido.
Recorría las calles todos los días. levantaba sus frágiles manos de muñeca de antaño,-sus dedos largos de violinista, de artista incompleta-  hacia las ventanas de los carros que esquivaba apenas cambiaba la luz.

Nadie la llamaba por su nombre. Nadie, siquiera, la llamaba; un par de cornetazos e improperios se convirtieron en su identidad.
Sentía el chirriar de las ruedas como una señal para apartarse, la única llamada que le invitaba a ser algo más que otra parte de la vía.

Nunca supo si se llamaba claudia, mucho menos plasmar siete grafemas. La llamé tantas veces como pude, cada vez que me detenía en el semáforo.
Para mi, no podía llamarse de otra manera, aunque no formase parte de alguna estirpe tal como aquella de  patricios, nobleza de sangre, era mi claudus. Había luz en cada uno de sus pasos y eso era más que suficiente. La veía flotar, pudiendo ser cualquier cosa; la imaginaba dejando la acera y el rincón donde dormía. La veía luchando entre vocales, desafiando la aritmética y no de nuevo -nunca más- entre semáforos, esperando el acostumbrado cambio del verde al rojo.
La veía de nuevo niña, siendo caricias para una madre, siendo hija, siendo hermana, estando viva para sí y no más perdida sin saberlo.

                                                     ...

Nunca quiso ser Claudia, ni llegar a casa al volver de la escuela. Decidió permanecer en su cama de cartones húmedos y migajas robadas a la vida.

Ya no suelo verla, mudó su mundo a otras calles, junto a su historia de nuevas avenidas; Yo, sin embargo, continúo esperándola.