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Mostrando entradas de noviembre, 2017
Han pasado 11 semanas desde que la realidad se convirtió nuevamente en mi sistema, el que respiro a diario cada vez que amanece y me veo obligada a abrir los ojos.
Todo es rutina, hasta los "pequeños escapes". Un ciclo de saludos y despedidas, de besos robados entre pisos, vidas alimentadas por nostalgias y la eterna sensación de haber querido todo sobre unas manos que no tenían nada. Mis manos, claro.
Me siento el Quentin de Faulkner, sin la prosa exquisita que narraba sus tormentos, con el peso de unos sueños que no eran los suyos, persiguiendo realidades que no eran su alimento. El sin sentido de la vida misma y sus tretas para ganarse tu confianza y mantenerte entre sus brazos, cuando ella es Saturno y tú no eres más que uno de sus hijos.

Me cuesta tanto acoplarme a la cama, a sus matices de almohada caliente y sábanas frías. Siempre doy vueltas a un compás que ya me aburre y termina por cansarme hasta el punto en que la cama es horizonte y yo no soy más que otro atardecer; hasta que conocí lo que era dormir en tus brazos, con el calor de tu cuerpo sobre mi, sin almohadas que voltear hasta conseguir la temperatura correcta. Un cielo sobre el cual posarse, acariciando tu cabello que reposa sobre mi pecho mientras espero el momento indicado para poder besarte sin perturbar tu sueño.