Conté, sobre mi pecho, cada uno de tus cabellos; uno, dos, infinitas hebras húmedas, mientras recapitulaba las últimas doce horas de aquél día.

No supe si quererte era tenerte como un objeto inerte entre mis brazos o si, por el contrario, se trataba más de ser yo la que permaneciese en el silencio, sujeta a tu cuello sin poder siquiera moverme desde la tierra. Sin gritos, ahora parte de un cosmo que desconocía, sin poder disfrutar de la dicha que sienten todos -según dicen- cuando alcanzan el placer en diez respiraciones.

Incapaz de conseguirlo, esperé; sintiéndome incapaz, absorta y emocionada, como una pequeña niña que prueba lo que todos quieren que pruebe, aunque sin saber si le va a gustar, tal y como los tres intentos anteriores.

Y no sé si esto sea querer o arrancar miserias de otro cuerpo, pero cada segundo que te siento latir sobre mi pecho, sé que si no es querer, es una manía que no se ha curado con el tiempo.

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