Claudia


Claudia solía detenerse en cada cuadra. Cruzaba la avenida como quien cruza un río innavegable bajo una tormenta: siempre con miedo, siempre con prisa. Recuperaba el aliento solo al alcanzar la otra acera y se creía, brevemente, salvada por los dioses de aquella corriente de concreto y asfalto carcomido.
Recorría las calles todos los días. levantaba sus frágiles manos de muñeca de antaño,-sus dedos largos de violinista, de artista incompleta-  hacia las ventanas de los carros que esquivaba apenas cambiaba la luz.

Nadie la llamaba por su nombre. Nadie, siquiera, la llamaba; un par de cornetazos e improperios se convirtieron en su identidad.
Sentía el chirriar de las ruedas como una señal para apartarse, la única llamada que le invitaba a ser algo más que otra parte de la vía.

Nunca supo si se llamaba claudia, mucho menos plasmar siete grafemas. La llamé tantas veces como pude, cada vez que me detenía en el semáforo.
Para mi, no podía llamarse de otra manera, aunque no formase parte de alguna estirpe tal como aquella de  patricios, nobleza de sangre, era mi claudus. Había luz en cada uno de sus pasos y eso era más que suficiente. La veía flotar, pudiendo ser cualquier cosa; la imaginaba dejando la acera y el rincón donde dormía. La veía luchando entre vocales, desafiando la aritmética y no de nuevo -nunca más- entre semáforos, esperando el acostumbrado cambio del verde al rojo.
La veía de nuevo niña, siendo caricias para una madre, siendo hija, siendo hermana, estando viva para sí y no más perdida sin saberlo.

                                                     ...

Nunca quiso ser Claudia, ni llegar a casa al volver de la escuela. Decidió permanecer en su cama de cartones húmedos y migajas robadas a la vida.

Ya no suelo verla, mudó su mundo a otras calles, junto a su historia de nuevas avenidas; Yo, sin embargo, continúo esperándola.

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