Vicios etéreos.

Tu piel suele extraviarse en los pliegues de su sábana. Sonríes y te retuerces en un mismo movimiento, dándole una vez más gracias al cielo por tenerla allí, siendo carne -no sé si de la tuya- y alma en un solo beso ahogado.

Yo sé que estás allí, ofreciéndote el placer que el tiempo junto a mi solía negarte. Te haces infinito y abstracto, otro reloj de Dalí. Te conviertes en nicotina barata y vas deslizándote entre senos y muslos sin tiempo, pulsando todas las teclas de un cuerpo sin vida.
Vicios etéreos, claro, mientras yo disfrutaba de tu prisa y aquellas caricias discretas que dejabas escapar en los minutos que no le pertenecían a nadie.

Nunca tuve uno solo de tus besos a mi tiempo, me acostumbré a tus compases y sin sabores. Me gustaba, incluso, la manera en que dejabas de mirarme cuando, luego de tanto silencio, quería tan solo gritarte, decirte que estaba allí, que seguía viva, queriendo creer que aquél escalofrío que recorría mi espina dorsal cada vez que me tocabas era mío, verdaderamente mío, y no otro de tus trucos en condición de pagaré.
No pedía verte despertar, amanecer dentro de mi; ni siquiera tenía aspiraciones de conseguir el desayuno junto a mi cama, ni la tuya, -o la nuestra-. Quería tenerte a ti, un sólo día, veintisiete minutos sin quejarme.

Quería, tan solo, ser mucho más que otro pupitre tras de ti.

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