Este no es otro estado en facebook de agradecimiento por un año más de dicha y bendiciones. No es, tampoco, una tarjeta de palabras bonitas para llevar. Hoy, ni siquiera, se termina el año, pero me da lo mismo. Quienes me conocen saben que no suelo seguir un orden consecuente para enumerar los días y que, mucho menos, soy capaz de recordar cuantos tiene cada mes (febrero, claramente, es una excepción). Así que decidí hacer mi recuento hoy, motivada por el sedentarismo organizado, promovido por días como éste, donde es socialmente aceptado el ser una carga sin sentido ni misión en la vida, un día donde comer sobras en cualquier horario es la norma (cosa que me encanta).

Este año empezó sin resoluciones mágicas e imposibles de afrontar. No empecé con una dieta en mente, ni una lista de cosas por hacer (admito que, en ocasiones anteriores, era una especie de biblia que me prometía seguir al pie de la letra y siempre terminaba decepcionada). No quise ser más o menos, solo quise continuar siendo lo que sea que me llenara lo suficiente como para sentirme orgullosa de mi misma y bueno, casi un año más tarde, debo admitir que no lo logré, pero el cartelito de "en proceso" sigue colgando en mi frente y eso me agrada.

No esperaba construirme desde cero, ni una solución inmediata a situaciones y momentos que han crecido conmigo, a veces como guía y otras tantas como cargas. Dejé ir y al mismo tiempo, me dejaron continuar con mi camino. Me sentí, infinidad de veces, insuficiente de llenar expectativas ajenas, hasta que comprendí que esas expectativas me importaban un carajo y que me daba igual si ésta o aquél se sentían cómodos con quien yo era. Al fin y al cabo, mi convivencia perenne es conmigo misma y si me caigo bien, ¿Qué coño importa el resto?

Ni siquiera he crecido lo suficiente. Con 20 años, apenas acabo de dar el primer paso para dejar los pañales, pero no importa. Disfruté quitármelos, tanto como me hizo feliz el tiempo que los llevé puestos.
Aprendí, por fin, a decir lo que pensaba sin tener que pasar mil y un veces por el proceso de escribirlo, de redactarlo una y otra vez, hasta ser medianamente capaz de enunciarlo como una oración mil veces estructurada.
Me equivoqué tantas veces como intenté no equivocarme y al final resultó que meter la pata es tan rico como no hacerlo. Es decir, no importa. No importa y jamás importó, pero estuve tan ocupada en disculparme una y otra vez, que no era capaz de comprender que la única disculpa me la debía a mi misma, por el simple hecho de limitarme al momento de intentarlo.

De mi vocabulario salió el "no puedo" y llegó el "coño, hay que intentarlo" y éste puso en mis manos momentos increíbles. Abracé y me dejé abrazar, me emborraché más de lo esperado y me reí como nunca después de haber llorado la misma cantidad de veces en que prometí no hacerlo; así que ya no prometo, al menos no imposibles. Me limito a existir y tomar todas las oportunidades que se presentan para escapar de la rutina.

Salud por otro año como éste, que me enseñó a coser las heridas y aprender a vivir con las costuras.

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