Alicia

En otro momento, habría escrito bajo el seudónimo que acunó tantas veces mis conflictos existenciales. Habría tomado mis problemas y los habría volcado en un personaje ficticio que se acoplara a mis vacíos y me diera la oportunidad de hablar sin disculparme, de gritar mis sentimientos sin la presión de sentirme atrapada en las circunstancias que rodeaban lo que era, lo que quería llegar a ser.

Alicia, firmaba. Me sentía ella o ella se sentía yo, pero siempre éramos una. Una que gritaba, lloraba y se escondía en las pequeñas grietas que la otra dejaba entrever a sabiendas de servirle de escondite. Si ella venía a mi, la dejaba entrar. Si me acercaba, ya la puerta estaba abierta.

Hoy Alicia no está. No quise acercarme a su presencia. Reuní mis pedazos y decidí encontrarme conmigo y mis múltiples fracturas, a ver si por fin toleraba mis desastres, las múltiples causas perdidas que sellaron en mi esta absurda decepción, esta bocanada de desesperanza que he aprendido a tolerar a los coñazos y que han hecho de mi un peón sin su tablero.

Extraño conversar y sentir que era posible escucharme en alguien, al mismo tiempo de que él se escuchara en mi, en las tantas noches frente a una luz que titilaba entre el blanco y el amarillo intenso, justo al frente de la calle.

Ya no lo intento. Me refugio en cualquier actividad que me proporcione calma, atravieso mis memorias y me quedo en la acera segura por temor (¿Temor?) a cruzar la calle.

El tiempo cura, dicen; pero yo no sé si quiera ser curada.

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