Tenía 19 años cuando descubrí, de tu mano, aquella quinta que se dibujó a sí misma como un cuadro del siglo pasado, coronada con un árbol de tapara que dejaba caer sus frutos sobre una fuente que terminó por abrazarle.

Recuerdo tu foto. Mirabas hacia esa fuente y yo capturé tu espalda. No importa cuántas veces insistiera, jamás pude guardar tu sonrisa en una imagen. Conmigo, jamás quisiste una foto. Me tocó conformarme con tus hombros, tu cuello erguido hacia un horizonte que se escapaba de mis ojos.

Debo admitir que aún la observo. El papel se ha corroído en las esquinas, pero aún puedo mirarte. Sé que sonreías aunque no me observaras. Sé que colgabas tus sueños frente a una estructura que dejaba correr sus aguas; como tú, cuando dejabas que el mundo siguiera de largo y te aferrabas a ti, en tu silencio, en tus ganas de ignorarme por el placer de hacerme molestar, de las ganas absurdas que sentía de besarte, las mismas que calmabas en otros labios que no eran los míos. No fui capaz de reprocharte. Me comí estas ganas de gritarte, con la misma fuerza con que era capaz de comerme tus miedos y repetirme una y otra vez, a modo de plegaria, que tú si me querías, a pesar de estar convencida de lo contrario. 

Contigo perdí la noción del tiempo. Me acostumbré a los amaneceres que en algún momento llegaron a sorprenderme día tras día, como si se tratase de un nuevo cielo y una nueva órbita alrededor de la cual rotar. Sin mantener mi ilusión, me dijiste que el cielo se repite a diario, que rotamos en el mismo espacio que ocupamos en un sistema parásito de una galaxia inmensa que termina por ser otro punto en una infinidad de iguales. La estrella polar, dijiste, no es aquél destello que señalas, mientras tus ojos se fijaban sobre la oscuridad que se ceñía bajo el cielo pardo y húmedo de la madrugada, sin siquiera reparar en mi presencia.

Me gustó imaginarte en cientos de historias. Escribía para anexarte a mis líneas como protagonista, actor de reparto, personaje secundario con apariciones volátiles, papeles estelares en teatro de improvisación. Bajo presupuesto, sin escenarios. Me limitaba a plasmarte en las tantas caras sin nombre que se sucedían unas a otras, en las múltiples avenidas que transité sin ti.

Me costó entender que nunca me quisiste y, aún hoy, al otro lado del Atlántico, me niego a admitirlo por completo. Pasé semanas, meses, no sé si años, fantaseando con la idea de verte volver y dejar mi dignidad detrás de la puerta, correr a tus brazos. Te abrazaría y sentiría tu respiración agitada, la vibración de tus cuerdas vocales al pronunciar mi nombre. Olvidaría que esperaba una disculpa, que esperé durante tiempo una respuesta que nunca llegó.

Ya no sé ni qué día es, ni mucho menos cuantos han pasado desde el momento en que decidí parar de contar.  Terminé con una fobia por los relojes y los calendarios. Boté todas mis agendas. Llegué tarde a todas mis citas, siempre con la excusa de quedarme dormida. Si esas citas no eran tú, no había razón para llegar temprano. No había razón para siquiera llegar. 

                                                                               ...


Volví a la quinta donde fui feliz con la idea de saberme tuya, mientras tú te sentías pleno con la idea de saberte libre. No quedaba ni la fuente ni aquél árbol, no estabas tú ni la vieja foto que te contenía. Quedaba el recuerdo de tus besos sobre un campo de camelias, de mis intentos por ganarme tu cariño, de las tantas veces que intenté construirme a tu lado mientras tú orbitabas tu propio sistema.


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