Cinco birras más tarde, no distinguíamos si aquella valla frente al universitario era - o no - el icónico ovalo de la Savoy; pero éramos, eso si, capaces de encontrarnos entre historias improvisadas, recuerdos de poco más de quince años, frescos, como si se tratase de hace un par de semanas. Capaces de cantar sin pena, de abrazarnos en grupo, de ser los adolescentes que no fuimos, de jugar a los adultos que podríamos llegar a ser. 
Fuimos las sonrisas que nos dibujábamos en el rostro, las melodías improvisadas que se escapaban de los trastes de un ukulele sin nombre. Fuimos karaoke del bachillerato, colisiones de estrellas que se apagan para dar vida a nuevas estelas, sin órbitas, polvo que regresa al polvo y se rehace en un mismo espacio, el mismo que comparten nuestros pies que bailan y hablan entre si, de las calles que han recorrido y las que están por recorrer, las que se quedaran vacías de nosotros que estamos, pero no estaremos luego; que cantamos con las cuerdas vocales inundadas de la dicha de sabernos libres, de encontrarnos en una caja de cigarrillos que marea mis sentidos, que me duerme. Fuimos aquellos, que nos sentimos culpables de sentirnos vivos en un país que nos ahoga en un camión encava y luego pide que nos quedemos. Me como los puntos, las comas, la estructuración de un párrafo de cinco lineas y también mis miedos. Escoltamos sus sueños, felices de saberlos libres, estén donde estén, sin importar que nuestro hoy ahora sea mañana, cuando el día corra y siga el veintisiete. 


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