127.

Es normal, para mi, hundirme cuando cierro los ojos y recuerdo abrazos coartados, ahora ya vacíos, cargados de momentos que no vuelven. Nada vuelve, porque nada queda.

Me da miedo cerrar los ojos y dejar de percibirte. Te vas desdibujando, como un viejo boceto corroído por el tiempo, sin ningún tipo de contemplaciones con el grafito y la soledad de las hojas de papel.

Saqué mis cuentas, sumé palabras y resté hojas fraccionadas, listas para ser lanzadas a la basura y comprendí qué, luego de 126 cartas, mi matemática se unió con la nostalgia y no me permitió seguir con la contabilidad.

Hace más de dos noches que te puse al tanto de todo y ya no hay nada que decir, ni pensar; sonreír a la nada ya no es divertido y, considerar un encuentro, no cabe dentro de lo qué, las personas normales, llaman posibilidades.

Quizás, tú tampoco serías capaz de comprender mis motivos, las pasiones que me mueven, las lágrimas que pierdo. Ya no espero porque te amo, te amo porque te espero; porque después de dos años buscando el cielo, siete meses no son la excepción.
Alquimista, soñadora, idealista, arquitecta de sonrisas...Si deseas que te mienta, ya no más.

Siete meses más para lograr lo que por ti empecé, para comprender con amargo conformismo qué, tu sonrisa, no estará más que en mi mente. Tus aplausos serán un eco en mis sentidos y, mis abrazos, se perderán de ti y tus ganas de cargarme, llevándome lejos del concreto, justo donde me impulsaste a volar.
Si la teoría del alma dividida en dos cuerpo, es cierta, yo se que la mía esta a salvo, solo por saber que la compartí contigo. Ahora que la tuya está lejos, sigo sintiéndola cerca.


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