domingo, 7 de febrero de 2016

Yo quería escribir. Quería enamorarme y escribirlo. Escupir todos las conversaciones internas que mantengo en el metro con las personas que observo.
Las miro, hablo haciendo uso de sus labios sin siquiera haber escuchado la primera palabra saliendo de los mismos. Solo palpo los colores de sus chaquetas, hablo con las palmas de sus manos. Enloquezco antes de llegar a mi estación.

Solo quería despertar después de las tresantesdelsol, tomar un bus que no atravesara tres grandes autopistas, vivir sin el temor de ser poco más que polvo entre un par de desayuno/almuerzo/ceno/más tarde que nunca llegan, porque son de nuevo las tres. En punto.

Ahora solo quiero no querer. Convertirme en una pequeña máquina que produzca un índice aceptable, relaciones sociales sostenibles, metas infructuosas pero con buena fachada y una mentira tras otra, donde esas estúpidas cartas que nunca tienen respuesta no sean más que eso: estúpidas cartas, y que esta sensación de estar a punto de ser aplastadas por las paredes se vaya o se quede, pero que sea rápido y de una puta vez.

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