Hoy despedí un pedacito de mi. No puedo decir lo grande que es, porque es relativo...Pero, cuando lo arrancaron de mi, se sintió como un universo completo.
No sé despedirme, no termino de aprender. Doy un abrazo y empeño mi alma hasta la próxima vez (Dios sabe cuando) que pueda verle de nuevo. Toda mi vida, entonces, se basa en una espera eterna con múltiples destinatarios. He visto partir a amigos que son familia, a amigos que son hermanos, amigos que soy yo misma. Me despido de ellos y de mi, de la parte de ellos que se queda conmigo mientras yo me hago chiquita y me transformo en una nota fugaz dentro de una maleta.

A veces lloro y otras veces me convierto en lágrima. Me fundo con ellos y digo "adiós" como quien se despide de alguien que verá mañana. Sonrío, hago chistes malos, escondo mi tristeza detrás de un optimismo desaforado, un llamado a la calma que no siento, a las tantas noches de insomnio bajo una caracas que nos sirvió de cielo y nos creó un infierno de separación, de salidas inmediatas, de un me voy que ya no responde a ningún ¿a donde?

No sé si me quedé o me fui, porque de pronto la mitad que soy ahora, no se encuentra ni allá ni aquí. Tengo el alma repartida en cada despedida que he tomado, casi a la fuerza, casi sin fuerzas. Casi sin nada. 

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