Día 1

Hoy fui a terapia.

No era así como quería empezar esta nota, pero no se me ocurrió ningún recurso literario al cual apelar. Hoy no hay licencias que me permitan esconderme, un alter ego que escriba por mi lo que quise decir cuando no era capaz de hacerlo detrás de mi propia cara. Hoy soy yo, admitiendo que los problemas no se solucionan bajo una cobija mágica, la misma que me acogió desde que tengo poco menos de cinco años y que aún ahora es mi placebo favorito, la mentira que me encanta interpretar.

Escribe, me pidió. Al parecer te ha funcionado antes y la verdad es que si. Hace seis años escribí una carta que terminó siendo mi mayor desastre: la Betania que tanto tiempo había sobrevivido detrás de una coraza, se quebró por completo luego de escribirla. Pensé, en ese momento, que me había equivocado ¿Por qué mostrarse? ¿Por qué ser transparente frente a un mundo que se apropia de tus miedos y los inyecta en tu conciencia, como un recordatorio de tus limitaciones? Yo no quería escribir para asustarme, para temer más de mi y temer más al mundo. Pero no fue así, no me equivoqué.

No me arrepiento de haberla escrito. No me arrepiento de haber sido una versión de mi que quería más a otros que a si misma, porque si lo hiciera no estaría aprendiendo, solo estaría creando otra razón para esconderme. Otra razón para huir. 

Sé que soy más que este cúmulo de miedos e inseguridades, la eterna sensación de insuficiencia, los recuerdos que me queman como si de lugares comunes se tratara; por eso estoy aquí, respondiéndome a mi misma que aunque ahora parezca imposible de lograr, en un par de meses estaré leyendo esto y aunque recuerde lo rota que me siento ahora, sabré que pude seguir adelante.

Hoy apenas comienzo

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