domingo, 24 de marzo de 2013

«No pasó nada», solo fue todo.

El avión se encuentra a 30.000 pies de altura; y yo aquí, queriendo traspasar las ventanillas y volar.

Skármeta habló de ese limbo "entre un país real que no aceptan y un país fantasma que no los aceptaba a ellos". Un exilio injustificado, básicamente. En este caso, podría decirse que más que un exilio programado, detallista, incuestionable y negativo, fue un simple placer de una libertad altruista, porque si, porque me dio la gana.

Estoy aquí, volviendo al "país" que no me hace falta, pero sin el que no puedo vivir. Pueblo, ciudad, cordilleras...Es lo mismo. Lo esencial es el cambio.

Abrochen sus cinturones de seguridad ...Y coarten sus emociones. Nazcan, crezcan y vivan con decoro, sean robots, no mientan, no fallen... Hemos aterrizado, bienvenidos...Y el cuento sigue siendo el mismo.
Prefiero el vuelo, aunque en éstas máquinas de libre no posee ni un segundo; antes que decirme parte de una sociedad "libre", con cadenas de palabras y cárceles de pensamiento.

No es cuestión de patriotismo o ser, en extremo, apátrida. Es que ya no puedo seguir siendo parte de este país fantasma, lleno de "revolucionarios" con ideales ficticios, sin bases sólidas, sin pensamiento propio, carentes de instinto.

No, no puedo seguir pensando que no pasó nada.

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