jueves, 19 de julio de 2012

Evocaciones.

Todo este proceso de regresión a un punto que creía olvidado no hace más que producirme un vacío en el estómago, como un camino sin atajos.
Sitios que solía recorrer día a día, junto a efímeras vidas que ya no están en mi misma sintonía, pues ahora caminan junto a otros seres.
Dejé que mi infancia me invadiera de nuevo, cruzando aquella esquina una vez más, como lo hice cientos de veces caminando hacia el colegio, donde mi primer nombre tenía personalidad propia, una especie de vida artificial y perfecta, donde sonreír era obligatorio, para encajar en ese pequeño mundo de vanidades qué, hoy en día, es una completa burla.
Miré las mismas fachadas, con colores curtidos por el tiempo y la melancolía. Aún no se si mis recuerdos son reales, ya que creía ver esas amplias casas coloniales, decoradas con hermosos colores vivos; Si, toda una irrealidad. Ahora, mis ojos perciben el polvo, como una constante, sobre aquello tan magnifico que algún día pensé que era perfecto.

Me siento un habitante de un pueblo irreal, en mis evocaciones, pero ahora, esto no es más que el pueblo de Ortiz.

Si cambié para comprender que mi mente era tan reducida a paradigmas de magnificación y aprovechamiento de todo cuanto podía tomar, quizás pueda aceptarlo, pero me convertí en un opuesto extremo, incapaz de imaginar un poco más, de crear esas iniciativas que movían expectativas, cuando era niña.
Volveré a buscar las mismas calles, para transitarlas una y otra vez, hasta que encuentre a la persona que dejé allí, en ellas. De no encontrarla sabré, por descarte, de la incapacidad que poseo ahora para vivir tan solo de recuerdos.


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