viernes, 3 de agosto de 2012

De caída.

Pasar la mañana entre recuerdos y aún así dar gracias, porque existen esos retazos de nostalgia para continuar con un camino bifurcado y tan extenso como lo es la vida misma.
Paso entre ti y tus añoranzas, tu manera de ver el mundo; así, tan fatalista. Ahora estoy aquí, solo para darme cuenta de esta utopía. Tu fatalismo ahora forma parte de estas, mis líneas.
¡No temas! Ya no existen los reproches, pues aquí, desde mi muerte, veo el tiempo correr despacio, como nunca antes, cuando la respiración aún hacía eco en mi pecho y el corazón intentaba latir con un esfuerzo infinito qué, guiado por la fatiga, cedió.
Nada más, quisiera que comprendieras la diferencia de un cariño regalado e inoportuno, a bajo costo de sinceridad, simplemente cargado de deseos y caricias, casi fortuito, y la indiferencia de quien un día te amo con una paciencia irrevocable, sublime y arrebatada de locura, de sonrisas, ganas de subirte al cielo y mirarte infinitamente, para perderse en lo profundo de tu alma y terminar, como siempre, en tu cuerpo. Ahora, como siempre, no desees detenerte cuando aún tienes tanto que ofrecerle al mundo que abandoné, ese que tú tanto amas y aún, a pesar de todo, te espera.

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