Dos.


                                                                                                                                                02/05/14

4 años son 48 meses perdidos, cuando no se aprovechan.

¿Por qué nos separamos? Habríamos hecho que cada día valiera la pena, aún si había alguno para la cuenta de los tantos sin vernos.

La distancia me está haciendo daño. No sé que consecuencias o posibles alegrías pudo traerte a ti, pues jamás has querido contarme. No me queda más que jugar con la más brillante idea que se me ha ocurrido, para lidiar con el día a día: perdiste mi número, no sabes que me mudé sin domicilio fijo, pensaste que no te he escrito, pues nada llega a tus manos; así que pensé en seguir contándote un poco, día a día, esperando a que algún amigo en común responda a mi súplica de ir a buscarte y entregarte estas notas...

Hoy fue un domingo, cuando los domingos aún eran domingos y seguía escribiendo la fecha en los cuadernos. Básicamente perdía mi tiempo en algún foro en Internet, chateando con cualquier otra alma igual de perdida -o aburrida, quizás-. Te acercaste, tratando de buscar algún pretexto para hablarme, sentirte parte de esa nueva vida de silencio, asentimientos y pocas sonrisas.

-¿Que estás haciendo? - dijiste.

-Chateando ¿sabes? hablando con amigos.

Cinco minutos más tarde, aún detrás de mi...

-¿Y ahora?

-Lo mismo. - Nos reímos, fue tonto: tu pregunta y mi respuesta, el intento de conversación en el diminuto cuarto donde las penas se amontonaban con la ropa, sobre nosotros. Me arrepiento, debo admitir, de no haber dicho más. Entablar un diálogo, preguntarte sobre la luna o tus manos, una de ellas aferrada a si misma y su dolor, movimientos limitados. Pude hablarte de tanto, o tan solo desquiciarte con mis teorías "locas" sobre la casa de los espíritus, clara clarividente y el Melquiades de Márquez.  Te ibas a molestar, probablemente terminaríamos en algún debate literario y absurdo, pero hablando. Por un efímero segundo seguiría siendo tu vaquita, betica, lo que desearas; pero no pude. No pude olvidar que una semana atrás, me habían echado a la calle y tú no lo evitaste. No los detuviste, así que no quería responderte, no quería ceder, rendirme...Y cediste tú, así que nos reímos, sin abrazos, sin llanto, sin memorias. Nos limitamos a fingir que nada había pasado, pero sé que tú también lloraste cuando yo lloraba. Pensé que no volvería a verte jamás, pero allí estábamos, entre nosotros mismos, esperando a que cualquier cosa pasara.

Hoy, cuatro años después, esas personas que me echaron a la calle, no paran de llamar y preguntar por mi. Disfruté del perdón silencioso y me limito a no contestar, quedarme en la ausencia.

Verdaderamente, la vida es un jueguito tonto de pelotas: siempre se devuelven.

Hasta mañana, coronel.

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