I ricordi, e non può vivere.


Es mucho más sencillo perder mi vista en las paredes, analizando matices, observando como el tiempo destruye todo lo que toca. La pintura se cae, se vuelve quebradiza; así, opaca y desdibujada, como nunca antes, justo ahora.
Ahora, me cuesta admitir lo difícil que ha sido intentar arrancar tantas marcas de la misma pared, con solo mirarla, deseándolo, como si mi mente pudiera mover mi voluntad, esa que se quedó estancada y no quiere buscar una manera más directa para terminar con semejantes observaciones.

Me acostumbré a marcar mi vida con fechas, haciendo eco en las horas, énfasis en los segundos, dependiendo de un punto que detenga la marcha cuando sea debido o, quizás,  logrando que avance por inercia, simple necesidad de un nosequé tardío, como siempre.

Allí está, la misma pared.
Una fotografía en un viejo colgante, tal como la niñez y sus recuerdos, junto a esa frase que un día leí y jamás pude borrar...Así, una y otra vez; y otra y otra.


«Vivi, vivi e ama quello que sei » y la repetí, casi cantándote...«Comunque tu sia, ovunque tu sia, guarda in alto verso il sole e chiudi gli occhi e non stancarti madi di sognare »...Para ti, para nosotros. En la pared ¡Nuestra pared! para que te quedaras, para que algún día la leyeras al despertar y sintieras que te hundías en ellas, viviéndolas, respirándolas...«La vita è troppo breve per non essere felici insieme» No, para ti no fue breve. Fue eterna ¡Grandiosa! como para compartirla con alguien que solo supo copiar sentimientos y grabarlos en paredes.



07:05 pm, días después, ya no sé cuantos, pues mi mente ya no quiero funcionar de la misma manera. Se resiste a controlar mis emociones. Se niega a continuar analizando más allá de lo esencial, de lo qué, suponiendo que fuera cierto, realmente importa.

Pierdo la vista en la pared, pero ahora ya no veo la nota. La tinta indeleble también sabe esconderse, lo sé.
Veo lo que quiero ver, no lo que realmente está. Memoria selectiva, o eso dijo mi profesor de psicología unas cuantas clases atrás.
Sigue allí, en la misma esquina, con su mismo blanco triste y curtido por el tiempo, por ti, por todas esas veces que te sentaste en mi cama, sin siquiera darte cuenta de ella, de la pared.
Mi pared, no tuya. Ahora no.

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