jueves, 21 de junio de 2012

«...Todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada».

Otra clase de literatura, un análisis más, una lectura menos.

César Vallejo: Los Heraldos negros.

«Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! 
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, 
la resaca de todo lo sufrido 
se empozara en el alma... ¡Yo no sé! 

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras 
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. 
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; 
o los heraldos negros que nos manda la Muerte. 

Son las caídas hondas de los Cristos del alma 
de alguna fe adorable que el Destino blasfema. 
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones 
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema. 

Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como 
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; 
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido 
se empoza, como charco de culpa, en la mirada. 

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! »

¿Que más puedo agregar? Escribió con tanta ímpetu, cada palabra, cada espacio, pequeña línea, juego de él, su destino.
Según se deja ver a través de sus lineas, muestra una clara vivencia de lo que es el dolor como concepto casi tangible para el autor. Golpes, caídas, desaciertos...Desatinos que da la vida y qué, para César Vallejo y sus creencias, tenían consigo un matiz religioso, una carga sobre hombros demasiado estrechos para llevar semejante peso.
 "Golpes como el odio de Dios(...)", así lo define, para ponerle palabras al "abandono" que siente por parte de la figura divina, el "hacedor" del destino.
Un golpe podría equiparar a tantos tipos de dolor en el alma, una despedida fugaz y obligada, sin un adiós sincero que valga, pues simplemente el destino o la divinidad, te los arrebata. Simples mortales atados por sentimientos, nexos que queman o duelen cuando se rompen por obligación o simple placer de la otra parte, o quizás, un tercero. "Amigos" que deciden irse por motivos errados, falsas explicaciones, enfermedades. Golpes que llevan a despedirte de ti mismo, de quién un día fuiste; te cambian, te hunden, te forjan una coraza del hielo más puro e impenetrable. Tal como dice Vallejo: "¡Yo no sé!", pues no puede saberlo, solo debe asumirlo y continuar, aunque sus líneas muestren una angustia tan certera como para que el lector, esclavo de sus emociones, pueda formar parte de ella.

"Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte", y ni hablar de las cicatrices imperceptibles para el ojo crítico que quedan en su vida, tras sus pasos, sus miedos, las sombras.
En definitiva, un poema que muestra la realidad de la capacidad del ser humano para sumirse al dolor, a la angustia y a la desesperanza, provocada por el sufrimiento. "Como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos y todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada" y justo allí, en ese instante, las lagrimas son testigos y autoras de ese espacio del alma que no sabe describirse con palabras.

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