lunes, 12 de octubre de 2015

Fue un sueño, si. Las cebras eran peces sin escamas. El rumor del cielo era más el ronroneo de un tigre dormido,que el supuesto coro de ángeles.

Morí, es evidente. La carne no se aferra a mis huesos, ahora frágiles e hirsutos por el tiempo.

Llené la caja, guardé las cebras, disfruté de su cuerpo por última vez y creí seguir al naranja opalino que vestía al tigre de las grandes rayas negras.

Fue un sueño, si; pero ya no le temo a la muerte.

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