Me quedé.

Recuerdo que de tu boca lo tuve todo. Los gritos del escondite, los saludos nerviosos, los buenos días a mi lado. Las más cobardes mentiras.
Tener tus besos fue fácil, no entran en el conteo.Lo difícil fue mirarte y no pedir que recitaras todos los versos que no sabías y que yo moría por escuchar. Lo difícil fue quedarme cuando comprendí que jamás te gustaría leer a Dostoyevski y que crimen y castigo no sería más que uno de los tantos títulos que olvidarías.

Y me quedé.

...Me quedé porque nunca te importó que escribiera estupideces viscerales, canciones plagiadas, poemas sin forma. Absurdos intentos de entregarte todas las formas de sentirnos.

Han pasado los segundos críticos -incontables- tras tus despedidas. Los dejé correr con la única condición de no dejar rastro para tratar de volver a casa.

Te vi marchar en el metro, los buses, aquél aeropuerto. Te he despedido incluso cuando estás callado a mi lado y ni siquiera lo imaginas. Solo así, aprendí a quedarme: diciéndote adiós.

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