jueves, 15 de octubre de 2015

Calle el Brasil.

Jamás intenté verla desde el mirador del Cristo Rey.
Allá, en pequeñas calles, se erigían casas pequeñitas con sus patios y gallinas, tunas, el cristofué, café recién colao', pescado frito en el desayuno.

Ella estaba allí, en alguna de esas calles.

No entré más que un par de veces en aquél sueño compartido, sin embargo sentí lo que él sentía cuando me hablaba.
-Aquí echaremos el piso, hay que ponerle cerámica a la cocina y en el patio se puede sembrar - decía, como hablando con cualquier persona, menos conmigo; ensimismado en sus visiones, las múltiples posibilidades que aquella pequeña casa nos ofrecía.

Recuerdo haber caminado hacia el patio rudimentario, donde la maleza se retorcía junto al polvo en una lucha indefinida. ¿Qué veía él, en aquél pequeño paraíso del desastre?
...Si la cerámica fue puesta en la cocina, solo lo supo por terceros. Sus manos no recorrieron nuevamente aquellas paredes recién frisadas.
Supe, tiempo después, que aquella famosa pelea de mi infancia, tuvo un alto: el fondo de la casa era un pequeño edén para el abuelo que sembraba y se jactaba de comer lo que la tierra le había dado.



Sé que sigue allí, ahora en otras manos. No hubo documento que constatara el traspaso de emociones, ni contrato que validara todos los sueños que alguna vez tuvo aquél que me llevaba de la mano cuando me mostró aquella casa.

No sentí -ni siento- nada por ella. No se mereció nunca ni una sola de mis lágrimas. Aquella casa, comprada para soñar, se llevó -irónicamente- muchas de mis noches de sueño.
Peleé por ella, cuando intentaron arrebatármela. Me aferré con las uñas al que creí el último recuerdo tangible de su amor. Lloré, cada vez que recordaba lo mucho que costó conseguirla, sus años de esfuerzo, la promesa de un sueño en aquél pueblo que creía suyo. No quise volver, aún no quiero.

No sé si algún día sea capaz de regresar y caminar por la orilla de aquella playa -Medina- sin sucumbir al odio, a las ganas de quebrarlo todo en cientos de mentiras; repartiéndolas, una a una, entre cada uno de los que le lastimaron.

Hoy, por mi, se quedan con la casa, aquél nido sin vergüenza. Yo decido quedarme con los granitos de arena que hacían cosquillas a mi piel, la sonrisa imborrable de su rostro, sus brazadas imposibles hacia un mar que no me duele.
Prefiero, pues, quedarme con el interior de la cajita, los paseos hacia el puerto para buscar al desafortunado pez que se convertiría en desayuno. Las caminatas entre plantaciones de cacao y las caracolas que traen consigo cada una de sus palabras; allá ustedes, que prefirieron el papel que nada vale, simplemente la envoltura.

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