Crónica.

     Y como sé que ya no existo; porque me lanzaste al viento, como de niño hacías con las cometas, me atrevo a nombrarte. Solo por eso, puesto que la cobardía me reprime.
Ha pasado poco menos de una semana, o medio siglo en cuatro cuartos de hora, y aunque prometiste no olvidarme, me perdiste donde dejas lo que no valoras, los taquitos de papel que no lanzaste en la primaria y los malos besos que quisiste dejar de saborear. Nada tiene de malo este lugar. El sol sigue tocando las canciones que dejaste de escuchar, porque al repetirlas tanto, te cansaron.

    Mi vientre está lleno de mariposas, pero no las dejaste tú. El viento, como la sequía, también sabe quemar...Y ellas, impacientes, solo buscaron refugiarse.
No puedo verlas, pero puedo sentir sus colores. Son tan fuertes como para imaginar como se verían, si pudiera acercarme a ellas y exponerlas, cual cristales, en un pequeño pedestal. Agitan sus alas, pero ya no intentan escapar. Se acostumbraron a su jaula, su rutina...Así como yo me acostumbré a la sequía de agosto y su frío inexistente.

-Entiendo. 

Quizás, si aprendo a no lastimar-me-las, sepa dejarlas ir.

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