martes, 9 de abril de 2013

Empujaba carritos sobre la arena y los veía hundirse,
porque era cálida, húmeda; Y estabas tú, a unos metros,
empujando carritos sobre tus sueños.
¿Subiste aquél árbol imposible?
De hojas negras, con mariquitas verdecielo y hermosamente deslumbrantes, con un piso de flores marchitas, sin color. No pude verte llegar al tope, allá, en la estratosfera, pues el viento era cortante y no llevaba protector.
El pre-escolar, de 8 a 3, con salones blancos como el tiempo y dulces paredes de algodón para ti, que pasabas todo el día tratando de saborearlas, hasta que un tatequieto de la maestra de turno te ponía en cintura. Allí, en el patiecito, esperábamos los rayos del sol que decidían escaparse de casa, del cielo, para regalarte un minuto de color. Si, verde. Verdecielo , como tú decías.
Para ti, hasta el atol del desayuno, era de ese tono tan confuso que nunca comprendí. Ni las hojas ni las esmeraldas podían ser una semejanza para tus sentidos, aquellos que percibían ese bonito color que siempre imaginé a través de tus palabras.
Cuarto color del espectro newtoniano y para ti, la vida entera.
Verdecielo, porque no sabías decir nada más y concentrabas todos tus deseos en una sola pronunciación. Así nos quedamos, disfrutando del silencio y solo diez letras, cuando algo te gustaba lo suficiente como para regalarle ese adjetivo.
Han pasado 11 años y simplemente me pregunto si habrás aprendido otra palabras o seguirás, con tu sonrisa y tus recuerdos, pintando el mundo con tus dedos.

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